No era una isla polinésica


Le he llamado Peyote. Lo de la foto es mi mano, así que se puede calcular su tamaño original. Aproximadamente como… como un… pedo de mosca. No tiene madre, así que le doy biberón y potitos de bebé. Cada cinco horas. Amanece y yo, con mi hígado comatoso, me levanto a preparar biberones de gato. Él se pone panza arriba y pedalea con sus cuatro minipatas en una bicicleta imaginaria. Ronronea y se me duerme en cualquier parte y de cualquier manera. Nos gustamos. Amor a primera vista. Estoy completamente a merced de su hocico rosa de ratilla chunga y sus azules ojos de borracho.

Jota está molesto conmigo porque tengo el hígado jodido y no he podido ir a verle desde que llegué. Pero como sabe que no puede enfadarse si estoy enfermo, hace como que no lo está. Lo que ocurre es que cinco años dan para llegar a conocerse muy bien, y ya sé de qué pie me cojea, incluso antes de que arranque a andar.
Creo que también está un poco molesto conmigo por lo de Peyote. Cuatro gatos son muchos gatos. Demasiados gatos para cualquiera. Yo le digo que sólo lo cuidaré hasta que deje el biberón y que cuando coma pienso y use el arenero, le buscaré un dueño. Él dice que los dos sabemos que no lo haré. Yo le digo que no es culpa mía, que me lo han regalado. Él dice que lo han hecho porque yo no paro de mandar señales inequívocas. Que llevo meses mirando la sección regalo-gato del segundamano. Yo le digo que se lo llevaré a casa para que lo conozca y se enamore también. Él me dice que no lo lleve. Que prefiere no conocerle, ni encariñarse.

Cuando Jota está triste le gusta castigarme con pequeñas punzaditas. Como si me pinchara con un alfiler. Pic-pic-pic. Yo a veces me dejo, asumiendo mi penitencia, y otras pongo distancia de por medio. Pero siempre me invade una tristeza espesa.

Supongo que para no encariñarme tenía que haber empezado por no ponerle nombre, pero si no se lo pongo yo, alguien en algún lugar del mundo le llamará bigotitos o micifú y le pondrá cascabeles parias de esos que sólo ponen los que no entienden de gatos.

Paso las horas en la cama, con él durmiendo entre mis manos. Pienso que me hubiera gustado mucho ser padre.