Me siento un poco mamá mona de Tarzán Disney

Me ha pillado el jefe con la gatera debajo de la mesa. No me ha reñido. Se ha limitado a decirme que el aire era demasiado fuerte para un gato tan pequeño. Todo lo que antes le hubiera creado eczema en la calva, ahora lo asume con resignación y paciencia. Javier dice que es porque a fuerza de sufrir, al final ha tomado cariño a mis desequilibrios mentales y mis chancletas de colores. Yo creo que más bien es que ha perdido ya la capacidad de sorprenderse. De hecho, no creo ni que se inmute esta navidad cuando proponga mi idea de hacer el “enemigo invisible” durante la cena de celebración.

En realidad la propuesta no es más que para poder regalarle un tubo de vaginesil a la señora Virtudes de Contabilidad. Se lo prometí a la última chica de prácticas que salió llorando por su culpa. Y no puedo decir que no me arrepienta un poco de la promesa, porque la señora Virtudes no precisamente el colmo de la sutileza femenina. De hecho, no quiero ni pensar por dónde querrá meterme el tubo cuando lo vea, pero… una promesa es una promesa.

Y una chica de prácticas con pecas y cintura de bailarina, es una chica de prácticas con pecas y cintura de bailarina.

Como se me había olvidado completamente que tenía clase de conducir, he tenido que llevarme también al gato a la autoescuela. Mi profesor de conducir no ha perdido la capacidad de sorprenderse. Ha señalado la gatera con cara de pasmo y ha dicho “¿y eso?”. Yo he contestado: “Un gato”. Él ha añadido: “¿Y por qué está aquí?”, y yo he respondido: “No sé. Pensé que me daría suerte.”

Siempre me pasa igual. Cuanto más intento tapar mis idioteces, más idiota termino pareciendo.

He comprado una tarta de tres chocolates y una botella de champagne. Ya que no tengo globos, voy a ver si celebro el cumpleaños reventando un hígado.