Empiezo a despertarme

Estoy alérgico. No sé bien a qué, porque no entiendo qué demonios puede florecer enmedio de este infierno. ¿Cactus? ¿cardo borriquero? ¿culo de chicharra?. Sea lo que sea, estoy alérgico. Me duele la cabeza, estornudo, se me hinchan los ojos…
Es terrible que a mí se me hinchen los ojos porque el 80% de mi cara es precisamente eso. Ojos. Me miras y ves ojos. Me recuerdas y recuerdas ojos. Me dibujas y dibujas ojos. Ojos y pelo. Pelo y ojos. Eso soy yo. Si encima se me hinchan es como si dieran un golpe de estado al resto de mi cara. Me convierto en algo así como «pelo y ojos encima de dos chancletas».

Sigo con pruebas para determinar si tengo un tumor en el páncreas. He pasado días de pensamientos negros, pero ahora me voy tranquilizando. Sobre todo porque el miedo no me llevará a ninguna parte, y el páncreas tampoco, así que… para qué me voy a angustiar. Espero pacientemente a que me entreguen el último sobre cerrado que no debo abrir, ni cotejar con internet, y que, por supuesto, abriré y cotejaré con internet, para desesperación de mi médico de turno.

Me compré un libro de esos pseudoexistenciales que había escrito un enfermo de cáncer. Se llama un mundo amarillo (o algo así). Creí que podía ser interesante, pero es una chuminada como un piano. No tengo mucha suerte con los libros últimamente. Cada uno que leo es más tonto que el anterior (de hecho, Federico Moccia tiene una incidencia muy directa en mi disfuncionamiento pancreático). De todas formas, lo del mundo amarillo este es como la crónica de una decepción anunciada. Todo el que intenta escribir un libro buenrollista sobre trances duros termina siendo ñoño, demagogo y cansino. Algún día me gustaría hacer alguna quema de libros «porqueyolovalgo» con María, regada con unos cuantos chupitos de bourbon (regada la quema, no María). Y eso porque quemar a los autores quedaría feo, que si no…

El pedo felino ha crecido y ya pasa a la categoría de semigato. Ha resultado ser más listo que un conejo. Sin madre, ni padre, ni perrito que le ladre, en un día ha aprendido por su cuenta cómo se come sólido, dónde se echan los pises, y cómo se baja de un sofá gigante, sin perder el hocico. Hay que quitarse el sombrero ante los gatos. Digan lo que digan los defensores properro, los felinos son la caña inteligente del mundo mascotil. Por muy fiel, entregado, y bondadoso que fuera mi perro Pucho, se me abren las carnes de pensar lo que hubiera sido enseñarle a usar un arenero. De hecho, creo recordar que hicieron falta cinco años para evitar que directamente no se comiera el contenido. Y no fue gracias al entrenamiento, sino a la tapa que al final tuve que poner encima.

Y que también se acabó comiendo, por cierto…