Tú y yo fuimos pioneros en las abreviaturas sms

Hoy empiezo mis clases de yoga. Anoche, como estaba en crisis postraumática leodioperolequiero, intenté practicar un poco con la wifit para evitar hacer completamente el ridículo, pero fue peor el remedio que la enfermedad. De cinco posturas que practiqué me caí en tres (y dos eran de suelo). O sea que esto va a ser un éxito…

También he intentado aprender a respirar con el diafragma como J.Kalikatres me dijo el otro día, pero no estoy seguro de hacerlo exactamente bien porque cuando el muñequito de la pantalla todavía está inspirando, yo ya he respirado diez veces. Ana dice que a lo mejor debería aprender primero lo que es el diafragma y dónde está situado exactamente en el cuerpo. Yo le digo que si no será porque tengo los pulmones pequeños. Ella se descojona, literalmente.

Eso es lo que yo llamo cortocircuitar con los que me rodean. Tengo tanta tensión nerviosa acumulada estos dos últimos días entre “cosas que debí decir y no dije” a Mateo, Jesús y Ana Belén, que cuando la profesora hoy nos diga “sentaos” temo saltar con un sesientatupadre, y que me echen de clase por subversivo.

Supongo que el que uno sea subversivo en clase de yoga es como meter una monja en un puticlub, así que quizá debería replantearme todo y dedicar un par de días a otro tipo de actividades, como… no sé… cardio-box o spinning. A fin de cuentas, hace bastantes meses que no se me salen las rótulas y ya me van echando de menos en urgencias.

El pedogato está insoportable. Me espera detrás de casa esquina y se lanza en plancha a trepar por mi muslo con las cuatro garras ñac-ñac-ñac-ñac, al estilo “Juanito Oiarzabal en el Annapurna”. Ojalá supiera hablar gato. Le sentaría en mis rodillas y le explicaría muy despacito que en estos días de tristezas y tensiones, no resulta muy buena idea eso de tocarme los nibelungos si no quiere terminar troceado en una paella mixta.