Tú y yo nos medimos porque nos tememos

Estoy enamorado de mi profesora de yoga. Es guapa, dulce y todas las cosas bonitas que se me puedan ocurrir desde hoy hasta el fin del mundo maya. Tiene una coleta de rastas hasta la cintura, un cuerpo esculpido en mármol y el equilibrio de una bailarina tailandesa. Hace el asana del árbol como quien baja una escalera. Tiesa y sin inmutarse. Yo, por el contrario, soy algo parecido a un hamster con el baile de san vito. Unas veces me voy pallá y otras pacá. Lo intento fuera de la colchoneta y tiemblo. Lo intento sin los calcetines y tiemblo. Lo intento cerrando los ojos y tiemblo. No hay remedio. Yo siempre tiemblo como una vulgar gelatina de papaya.

Ella me sonríe dulce y me dice con su voz de espuma “Busca tu propio equilibrio, Ariel. Si no puedes apoyar el pie en el muslo, colócalo sobre la pantorrilla.” Y yo coloco el pie sobre la pantorilla y me caigo. Y lo coloco sobre el tobillo y me caigo. Y lo dejo en el suelo y me caigo. Yo me caigo de todas formas porque estoy destinado a quedar como un imbécil delante de todas las mujeres maravillosas del mundo mundial. Es mi segunda maldición djin.

Hoy voy a probar con pilates. El monitor se llama Wilfred y tiene aspecto de lechuza. Apuesto lo que quieras a que con este no me caigo ni una vez.

Cagoentó…