Se me olvida que un cochino nunca come margaritas

Miguel me ha regalado un teléfono móvil. Uno de esos con muchos chimpunes que no tienen teclas como los móviles aburridos del mundo mundial. Estoy como tonto como mi teléfono nuevo, porque (cosa extraña) nos hemos entendido a la primera. No es nada fácil ser una máquina y entenderse conmigo a la primera, así que ole por el móvil con chimpunes.
Ana me ha enseñado una aplicación que hace que salgan unos dados en el móvil y que al agitarlo hagan cluncu-cluncu y puedas jugar partidas a la tirada más alta. Me he pasado cerca de cuatro horas haciendo cluncu-cluncu con todo bicho viviente que circulara por la casa, así que imagino que a estas alturas Ana se ha arrepentido con creces de enseñarme nada y tendré que seguir aprendiendo cosas irritantes de mi móvil yo solito.

Lo que mueve a Miguel a regalarme un móvil y ayudarme en la compra del tanque azul mariquita es la culpabilidad, pero es una historia tan larga de contar y tan farragosa, que prefiero guardarla en mi banco de cierraelpico. Me gustaría que en lugar de gastarse la pasta en mí, me hubiera puteado menos pero… en fín… considerando el número de personas que en mi vida me putearon gratis, será mejor que no le de demasiadas vueltas. Sobre todo porque Miguel y yo, por encima de todo, nos queremos y nos respetamos.

Incluso a pesar de que se meta con mi sillón.

He terminado de leer “La maquinaria del corazón” (o algo así). Es uno de esos libros que no son ni malos, ni buenos, y que no te dejan mal pero tampoco bien. Lo compré porque el dibujo de la portada era bonito, así que sigo teniendo lo que me merezco. Necesitaría un libro especial. Algo que me tocara de verdad el corazón, o que me dejara sin aliento. Echo de menos esa sensación de no querer restar páginas. Creo que desde Oscar Wao no he vuelto a tenerla. Y compro un libro cada dos semanas así que… como que quizá en lugar de leer, debería dedicarme mejor al cluncu-cluncu.