De acuerdo. Por esta vez.

Él estuvo antes. Antes de antes. Cuando yo no quería nada, ni tenía corazón para nadie. Apareció un día y me sujetó. Sin que me diera ni cuenta.

No nos parecíamos en nada. Éramos como la cara y la cruz. Yo era un crío de ciudad con toda una vida tragada a trompicones y él un casitreintañero de pueblo sin más visión que la que le habían dado un par de libros. Tenía algo. No sé definir el qué. Algo que me enterneció y me pudo. Cierto aire de regalo sin abrir. Cierta luz de ingenuidad. Nos comunicamos desde el primer momento. Reíamos mucho. Hacíamos maldades. Nos compenetrábamos. Incluso llegamos a estar convencidos de poder cambiar el mundo. Pero llegó el mundo y nos cambió a nosotros. Él dejó el pueblo y vino a Madrid, a buscarme. A estar conmigo. Pero yo le fallé, y se vió obligado a pasar, como pasan tantos, por el filtro de la gran ciudad. Madrid lo engulló y luego lo escupió sin dejar rastro del que era. Volvió a ponerse frente a mí, tiempo después. Mucho más áspero. Mucho más estúpido. Mucho más cruel. Aquella luz de ingenuidad se perdió en algún rincón oscuro de tugurio de mala muerte. Con alguno de tantos y tantos mediocres donantes de semen a piñón fijo que rondan Madrid en cada esquina. Se rindió y dejé de reconocerle. El amigo que alguna vez tuve, lo perdí. Irremediablemente. Inexorablemente. Yo también cambié. Me volví cínico y mentiroso. Escupí cien veces, renegué y odié eso en lo que se había convertido. Jamás le perdone que matara al chico que fué. Aquel Hermes extraño, pequeño e idealista al que, muchas noches sin venir a cuento, todavía echo de menos.

De vez en cuando aún hablo con él. Deberíamos odiarnos porque siempre nos tratamos rabiosamente mal en nuestros picos de ataque, pero de forma inexplicable, llegado el momento nos hablamos de nuevo, como si nada hubiera pasado. Como si yo no le hubiera deseado la muerte y él no me hubiera acusado de ser un engendro diabólico. Creo que hemos llegado a ser como de la familia. De esa familia con la que te pateas y luego terminas cenando en Nochebuena. Reflexionamos sobre la vida y nuestras respectivas parejas, y mantenemos la distancia de seguridad entre nosotros. Antonio y yo sabemos que lo de la distancia de seguridad es una norma obligada. Sabemos perfectamente que cada uno es como un campo de minas que el otro no debe volver a cruzar jamás, si no quiere saltar en pedazos. Guardo muchos rencores contra Antonio. Desearía que no fueran tantos, pero cuando intento limpiarlos, nunca lo consigo del todo. Espero con los años, aprender a hacerlo.

Supongo que jamás podré perdonarle que me dejara sin aquel que era. Aquel amigo. Aquel compañero.

Aquel que ya nunca estará conmigo hasta el final de mis días.