Todavía estamos vivos

En estos momentos escribo desde un pc de mi empresa para dar de comer un poco al blog. Los blogs son como los niños de teta, o los pedogatos. Si no les alimentas bien de vez en cuando, se quedan esmirriados y grisáceos.

Estoy un poco ñoño por culpa de un oso de trapo. Pero es una ñoñez positiva. Una de que no te dejan ojeras y mal rollo, sino de las otras. De las que molan. No sé si tienen que ver mis ocho clases de yoga con la profesora superbuena, superguapa y superlista, pero lo cierto es que me siento mucho más equilibrado. Como si todo lo que fuera blanco o negro en mí, hubiera encontrado su punto intermedio. Y no es que me apasione este aire de flipado perroflauta que arrastro a todas partes. Al contrario. Me encantaría poder decirle a J. que lo del yoga es una pollada como un piano y que sólo le funciona a los comedores compulsivos de tofus y alfalfas, pero… no. Resulta que a los eléctricos comedores de japimiles, como un servidor, también les va bien. Que hasta el coche he aprendido a manejar con calma, fíjatetú.

Tengo el examen el día 27. No estoy nervioso. Supongo que porque estoy hasta las pelotas de malcomer por culpa de las clases y no veo el momento de poder dejarlas. Mi profesor me decía hoy que el 90% de sus alumnas y el 10% de sus alumnos lloran por suspender. Yo le he dicho que eso es porque el 90% de sus alumnas y el 10% de sus alumnos, no tienen problemas reales.

Cuando tienes problemas reales, aprendes mogollón a dosificar lágrimas y no gastarlas en chuminadas.