Hay amores que te alteran y odios que te apacigüan

Ahora mismo debería estar en clase. Acabo de despedirme de J. diciendo “subo corriendo a por los libros y me piro”, pero… nada más salir del ascensor he notado como que me pesaban las botas, así que… como que me saco una cervecita y una lata de aceitunas y la filosofía me espera hasta mañana. Además ando un poco de mediacelebración porque me han dado mi coche nuevo y resulta que al final no es azul mariquita, sino azul cobalto (alabado sea Jehova). Esto de tener el coche antes que el carnet es un fallo de estrategia muy típico de los genes Serlik. He querido cogerle para dar una vueltecita a la manzana (en plan ahoraquenomiranadie) pero Miguel no sólo se ha negado a coparticipar en la aventura, sino que además me ha quitado las llaves y ha salido cagado leches.
Tener amigos sensatos al lado es un coñazo y una suerte, a partes iguales.

Le he pedido que cuando termine el partido del Madrid, me lleve un rato hasta El Pardo para ver que tal rueda. Me ha dicho (y juro que es totalmente cierto) que primero me lave las manos de grasa de aceitunas para no manchar el salpicadero. Yo le he dicho que como si me bajaba los pantalones y plantaba el culo en el cristal delantero, porque era MI coche. A él le ha dado la risa tonta y casi se ahoga con la cocacola.

Miguel siempre ha tenido un don especial para tocarme las pelotas. Echa el anzuelo, y yo pico como un besugo. Ahora tengo terribles tentaciones de hacer de verdad lo del culo y el cristal y darle un pequeño escarmiento (de algo tiene que servirme ser un irresponsable). Lo pensaré de aquí a las once.

Las clases con mi maestro saolín son increíbles. Creo que por primera vez desde que empecé todo esto, conduzco. Y encima, hasta lo hago feliz como una lombriz. Tanto que hasta ponemos la radio y discutimos de fútbol por el camino (no sé cuanto tardará en darse cuenta de que me lo invento todo porque no tengo ni puta idea de deportes, pero mientras resulta entretenido). Me examino el martes que viene, junto con una señora de 55 años. Como ella apruebe y yo suspenda, pienso llorar y llamar a mi mamá, hasta que alguien me abrace y me haga un ea-ea. Y lo digo absolutamente en serio.