Me duele mi pierna de lunes y mi cabeza de domingo

No he deshecho ni una sola caja. Qué pereza me da. Si yo fuera millonario tendría empleados para hacer todas las cosas absurdas que me dan pereza en esta vida. Deshacer cajas de mudanza… cambiar la ropa de verano por la de invierno… sacar los papelitos de telechino del buzón… girar las plantas para que les vaya dando el sol por todos los lados… girar a los gatos para que les vaya dando el sol por todos los lados… girarme a mí para que me vaya dando el sol por todos los lados…

Tengo que poner a mi nombre el gas y la luz, y como todas las cosas que no he hecho en mi vida, me parece un mundo. No sé por dónde empezar. Casi estoy por quedarme frío y a oscuras hasta que se me pase esta etapa de dispersión mental. De hecho, lo haría si no fuera porque no estoy seguro de que no sea un estado permanente. No sé cómo se apaña el universo para traerme siempre todos los cambios cuando menos preparado estoy para ellos. Tampoco me apetece la reunión con el casero el martes. No tengo ganas de discutir claúsulas, realizar gestiones, ni firmar contratos. Tengo ganas de ponerme el pijama y meterme bajo el edredón de star wars a comer galletas oreo y ver episodios de Los Simpson.

Galletas oreo, pijama de asteroides, y un edredón fosforescente. Vaya cuadro. Sólo me falta el anillo de castidad y el flequillo de un Jonas Brother para ser el perfecto teen disneydiota. Y luego me extraño de que no enamore a nadie. Sólo con que me mirara un poco el ombligo, la verdad es que yo tampoco me querría ni regalado. ¿Quién coño hace la idiotez de comprarse un edredón fosforescente? ¿en qué momento me dió por pensar que lo usaría a la luz del día? Uno de mis propósitos para el año nuevo 2011 será esperar 24 h. antes de tomar una decisión precipitada.

He conocido a otro chico del piso. Se llama Pedro. Tiene los incisivos separados, los pies enormes y anda con el culo hacia fuera, así que me recuerda un poco a Bugs Bunny. Se da un aire extraño. Habla poco y cantidad de despacio. Dice que el sueño profesional de su vida es montar una peluquería de perros. Una peluquería de perros… Yo nisiquiera sabía que los perros fueran a la peluquería. Quizá porque pienso que todos son como mi difunto Pucho, que se hubiera comido tranquilamente al peluquero, con maquinilla y cepillos incluidos y luego lo habría vomitado encima del edredón fosforescente.

Estoy pensando en raparme la cabeza. Creo que lo haré esta noche, si logro desenterrar la maquinilla del fondo de mi caja de puñetas.

Qué poco ha durado mi propósito de año nuevo, coño… Tendré que buscarme otro. Necesito cambios drásticos para pillar reprise en el arranque. Sólo si no miro hacia atrás, evitaré darme hostiones irrecuperables.