Hormigólogo, bichos, nieve y un Nepomuk desesperado

Nieva en Madrid copiosamente. Ahora mismo es una chulada; como si estuviéramos dentro de una bola de navidad. Dentro de dos días, cuando ya estemos hasta las pelotas, echaremos pestes del tráfico y nos esmorraremos por tandas en la acera.

Hugo me ha regalado una granja de hormigas. Culpa mía. Cuando me dijo que le había comprado una a su sobrino, yo abrí mucho los ojos y dije «hostias….¡¡una granja de hormigas!!». Obviamente me faltó añadir algo a la frase, porque si en mi cerebro sonó a «hormigas-queespanto», en el suyo fue más bien «hormigas-quechupiyotambiénquiero». Y hala. Con toda su ilusión y todo su entusiasmo, me encasquetó otro hormigódromo y se quedó tan pichi. Y yo tuve que cogerlo, volver a abrir mucho los ojos y volver a decir «hostias… ¡¡una granja de hormigas!!» (sólo que esta vez, con algo más de amargura).

Odio las hormigas. Me dan pánico desde que tenía cuatro años. Siempre me ha parecido que la naturaleza las hizo diminutas para evitar que dominaran el mundo. Con toda esa organización y ese autocontrol japonés que tienen las malditas… Por mí, la tierra entera podría convertirse en una zapatilla gigante y aniquilarlas de un plumazo.

Durante el camino de vuelta, hice todo lo posible para que no llegaran vivas a casa. Dejé caer la caja al suelo… la agité para decir adiós… para decir hola… para decir mejorvamosporahí…  para decir uyquefriohace… Todo fue en vano. Cuando la abrí, descubrí que el trasto venía vacío y que había que pedir las hormigas por correo. Y aunque en un principio respiré imaginando a orondos carteros aplastando con el culo mi pedido de hormigas, el alivio me duró poco. Lo justo hasta que el listo de turno dijo «trae, que lo dejamos en la terraza y ya verás cómo en nada, tienes hormigas dentro…» Y las tengo. Las tengo, maldita sea. Ocho hormigas. Las he contado una por una. No lo comprendo. ¿De dónde coño sale una hormiga en una terraza madrileña de Noviembre? Eso corrobora mi teoría sobre la dominación del mundo. Por si acaso, será mejor que no les quite el ojo. Como falte alguna en el recuento de mañana, pienso dormir con el Raid bajo la almohada.

Desde ayer me ha llamado ocho veces para preguntarme por la repugnigranja. Ocho. Una por cada hormiga. Y en todas me cuece a preguntas: «¿están comiendo? ¿han hecho más túneles? ¿se van organizando? ¿ha muerto alguna? ¿has añadido más? ¿está muy frío el cristal?…» Si hay algo peor que un biólogo hormigólogo en esta vida, es un biólogo hormigólogo plasta. Esto corrobora que no tengo suerte con las citas a ciegas. Si el chico hubiera sido representante de edredones yo a estas alturas sería un Nepomuk tranquilo, feliz y sin insectos encima de la mesa. Es más… si hubiera sido representante de Repostería Martínez, a estas alturas hasta podríamos habernos casado.

Ha llegado el momento de echar mano de los recursos de la madre naturaleza. Esta noche dejaré la granja a la interperie bajo la nieve. Con un poquito de suerte me echa una mano el demoño y mañana por la mañana tengo un granizado de hormigas más, y ocho preocupaciones menos.

Ya me tocará ajustar el mal kharma cuando sea menester…