Tengo un trozo de corazón fuera de aquí

De verdad que me apetece amor. No amor canalla. Ese te pasa por encima demasiado rápido. Me apetece amor del otro. Del que te vuelve guapo de repente, de un día para otro. Me vendrían muy bien unos cuantos gramos de amor de ese, sí. Lo sé porque llevo dos días con ganas de chocolate, y siempre que tengo ganas de chocolate, en realidad tengo ganas de besos de los que van en serio.

Esta noche tengo una cita ciega, sorda y muda, con un ingeniero que come cosas con cara y no colecciona hormigas. Las citas ciegasordasmudas no son muy buena idea cuando uno anda con hambre sentimental. Sueles terminar haciendo tonterías, y metiéndote en cepos de los que ya no puedes salir al día siguiente, por mucho que tires en dirección contraria.

Mi cepo se llama Mikel. Y espero que sea tan ciego, sordo y mudo como nuestra cita.

Hace muchísimo frío. Me he puesto el plumas marrón abrochado hasta la nariz. Y bufanda y gorrito absurdo. Marc me dice que esa no es pinta para ligar. Le digo que ya lo sé, y me guardo una tableta de toblerone en el bolsillo. «Para el cine». Se desespera conmigo. «¿Cómo que el cine? ¿vas a ir al cine? ¿quién se puede conocer bien en el cine?» Yo me calo el gorro hasta las orejas. «Nadie. Nadie se conoce en el cine. Pero yo voy, igualmente.» Mientras cierro la puerta de mi habitacion le oigo darme la última voz. «¡Es la última cita que te puedo conseguir! ¿oyes? ¡así que tú veras!».

Me alegro de que el gorro me tape los ojos. No tengo ganas de ver los de Mikel, cuando me pare en la taquilla del Proyecciones y saque el toblerone.