Es una suerte que el mundo no esté hoy en mis manos

Ayer tuve la comida de Navidad de la empresa. Mezclé veinte clases de licores distintos y me cogí un cebollazo de mucho cuidado. Luego, a eso de las seis de la tarde, compré una botella de campari y me fui a casa de Jesús.  Allí nos bebimos cada uno dos camparis con soda, y nos fumamos dos petas. Cuando dieron las nueve, mi cebollazo ya había subido a la categoría de cebollón. Me empezaron a doler los huevos (literalmente) y me fui para casa. Una vez en mi cama, tuve un par de visiones alucinógenas, en las que talmente parecía que me salían llamas azuladas de las manos. En vez de salir al pasillo dando alaridos de a-mi-la-legión (que hubiera sido lo suyo), me quedé un buen rato moviendo mis llamas de mentira y riéndome. Esa insensatez absurda demuestra que, para entonces, el cebollón ya había alcanzado cotas de megapedal. Esta mañana me he despertado a las doce del mediodía. Mis manos ya no echan fuego psicodélico y son tan aburridas como las demás manos del mundo mundial. A estas alturas de la tarde, aún no he sido capaz de quitarme el dolor de cabeza, y los huevos me siguen doliendo como en una pulsación constante. Tic… tic… tic… No sé si hay alguna relación entre el campari y el dolor de escroto. Será cuestión de esperar a que los científicos de la NASA hagan el estudio pertinente. 

La naturaleza del comportamiento social es sabia. Si repitiéramos estas cosas ya pasada la frontera de los cuarenta años, estoy convencido de que ninguno llegaríamos vivos a los cincuenta.

Jesús me estuvo enseñando el diseño web que está preparando para mis comics. Yo nisiquiera sabía que hubiera empezado a trabajar en ello, así que me pilló por sorpresa. Lo que ya no me pilló tan por sorpresa es que fuera cojonudo. En lo suyo, Jesús siempre ha sido un auténtico genio. La página es ágil, elegante e innovadora, y el tratamiento de los comics me supone mucho menos trabajo que el que hacía antes, que tenía que montar yo mismo viñeta por viñeta y bocadillo por bocadillo. Le dije que estaba pensando en qué dibujar y él palmeando las manos dijo “¡déjate de pensar y venga! ¡dibuja, dibuja, dibuja…! ¡y escribe! ¡que necesitamos material!”. El gesto de apremio me hizo mucha gracia. Le dije “¿Y tú qué? ¿no vas a ayudar?” y contestó “Ah no, no puedo. Yo sólo me encargo de la infraestructura.”
Es lo que tienen los auténticos genios. Gastan más morro que una coral de travestís soplándola en do mayor.

Vale, pues… ea. Tengo que escribir, crear, grabar, inventar, dibujar… dejar el campari…

Habemus nueva web. Jimpomuk digievoluciona. Yipi-yipi-yey.