Y ojalá tuviera dinero para navidear lejos de aquí

Pasada la euforia de la maldita L, vuelvo a caer un poco cuesta abajo. Dos días algo triste y con desánimo. No se me prevee una buena Nochebuena, supongo. No sé por qué me da en la nariz que este año no va a haber milagro de Navidad. En fin… brindaré por un enero que no se parezca mucho a diciembre y esperaré paciente. Nunca se sabe.

He estado conduciendo todo el día de la ceca a la meca. He ido y he vuelto del trabajo cuatro veces. Salvo una casihostia por cruzarme de carril cuando no debía, todo ha ido bien. Miguel iba a mi lado haciendo de navegador, pero con mala leche. «A la derecha…» «Sigue recto…» «¡¡He dicho recto pordiossssssss!!…»
Le he dicho que me acojonaba un pelín lo de plantarme solo ante el volante el lunes. Se ha ofrecido a venir conmigo hasta el trabajo y luego volverse al suyo en autobús. Miguel es cantidad de bueno conmigo. Si tuviera que donarle alguna víscera, lo haría sin dudar (aunque por su bien, espero que llegado el momento tenga opciones de visceras en mejor estado, y sin sobredosis de donettes crunchis, como las mías).

Todavía no hay armonía entre el tanque azul y yo. Me veo alto y absurdo. Como un piojo en el enterprise. Y la gente me pita, me azuza y me asusta en cada esquina. Bueno… tiempo al tiempo. Le echaré paciencia y procuraré no matarme más de lo que sea necesario.

Mañana vamos a adornar la casa con churiburris navideños. Miedo de da. Somos un conflicto de intereses en tres direcciones distintas. Pedro es partidario de la decoración elegante y minimalista, Marc de la sencilla y rústica y yo… bueno… yo, cuando empiece a sacar mis bolsas de luces, mi arbolito giratorio, mi papanoel trepador y mis parachines y tachundas, más me valdrá mantenerme a una distancia prudencial si de verdad quiero llegar entero e igual de hortera a las navidades del 2012.