Necesito un Wilson

No hemos puesto nada aún. Ni una bolita. Ni un niño jesús. Ni un niño jesús con bolitas. Nada. Estamos de un perro que hasta yo mismo me sorprendo. Les he dicho que del jueves no pasa que colgamos algo por algún sitio. Y ellos me han mirado desde el sofá y han dicho “bueeeeeno…ya se veráaaa…”

Sólo el perfecto Mikel me entiende. Él sí que pone cara de preocupación y hace como que le importa mogollón que no haya arbolito con churiburris. Incluso se ha ofrecido a ayudarme a montar y desmontar el circo, una vez pasado Reyes. Es más majo que las pesetas, Mikel. No sé qué demonios hace fuera del planeta Krypton. Ayer le enseñé mis idioticomics de cuando Jimpomuk y no se descojonó a mi costa ni me dijo que ya era muy zángano para esas cosas. Por el contrario, se mostró encantado y me llamó “caja de sorpresas”. Le pregunté si quería casarse conmigo un día de estos, antes de que me matara con el coche. Se rió mucho y dijo “pues mi madre estaría encantada…”

Mira que lo dudo…

En estos momentos escribo desde el trabajo. Cuando salga, tengo que llegar desde Mirasierra a la Plaza de España yo solito. He contado las incorporaciones cabronas que tengo que salvar, y son tres. Llevo todo el día con los huevos por corbata y siento una especie de vacío existencial en la boca del estómago (sé que es existencial porque acabo de zamparme dos platos de bonito con tomate, como un campeón y todavía me ha cabido una chirimoya y tres polvorones de coco). Me siento pequeño, solo y desamparado en mi tanque azul. Ojalá alguien quisiera venir conmigo. Pensé en traerme alguno de los gatos para que me acompañara pero temí la reacción de mi jefe al descubrir otra vez la gatera bajo la mesa. Ya he cumplido mi cupo de estupideces laborales en lo que va de año; una más podría ser letal. Además… qué cojones… Debo afrontar la prueba como un hombre. Con decisión, valentía y madurez.

O afrontarla como un Ariel Nepomuk y colocar el minipotato que llevo en la mochila en el asiento del copiloto, fingiendo que me da conversación hasta Moncloa.

Vale… Mejor como un Nepomuk. Sin duda.