Qué lata doy cuando doy lata

Mi propósito de año nuevo de 2010 fue sacarme el carnet de conducir. Creo que es el primero que cumplo en mi vida, así que debería aprovechar eso de que estoy en racha y hacer unos cuantos para el 2011. Por ejemplo, ser menos perro con el blog cuando me da por ser perro con el blog.

Hoy castran a Peyote. Yo quería esperar a que cumpliera ocho o nueve meses, pero por lo visto él no, porque lleva cinco días intentando montar a todo lo que se cruza en su camino sin distinción de sexo, raza y morfología, y sin respeto ninguno a la voluntad ajena. O dicho sin tanta palabrería cursi… cinco días en plan machopollas kamikaze siteparas-telameto. Y no es que yo esté en contra del sexo libre (dios me ídem), pero teniendo una gata sin castrar a bordo, como que es mejor meter tijera que terminar el 2011 pastoreando rebaños de gatos. Que si ya me cuesta controlar a tres, no quiero ni pensar lo que sería hacerlo con dieciocho. Como que ya directamente les quitaría el whiskas y dejaría que me fueran devorando los deditos de los pies en turnos de a dos.

Tengo el corazón estrujado. Espero que todo salga bien y que me lo devuelvan igual de devastador que era antes. A pesar de todas las veces me quejo, en el fondo me mola todo eso de tener un gato tipo villano Marvel. Así mantengo mis alertas de supervivencia en forma.

Mh… bueno, vamos a los recordatorios de días pasados.

Nochebuena. Comí demasiado. Bebí demasiado. Hablé demasiado. Me regalaron unas converse de piel blancas y las estrené metiéndome en el barro hasta el corvejón. No sé aparcar. La gente hace cola detrás de mí y me insulta.

Navidad. Comí demasiado. Bebí demasiado. Enfermé. Sigo sin saber aparcar. Siguen insultándome.

Nochevieja… y esto requiere más detalle. También bebí demasiado para hacer una performance de Nicolas Cage en Living Las Vegas, pero no me salió de todo bien, porque sigo teniendo hígado (más o menos). Hubo una fiesta en casa con mucha gente bebiendo, bailando, riendo, comiendo, gritando… Como el exceso de caras desconocidas me acojona, me escondí en la terraza de antenas con un trozo de turrón de almendra y una botella de freixenet. Me acordé de Ulises y su buhardilla mágica y le eché un poco de menos. Luego eché de menos a unos cuantos más y me puse tonto, hasta que subieron veintemil chicas borrachas de la fiesta de abajo y me despejaron la tontería en un pispás. En realidad no eran veintemil, sino ocho. Pero con las risas, los gritos y las voces de pito, era como si cada una se multiplicara en mi cabeza por treinta. La más sensual de todas, se me sentó enfrente con despatarre de contorsionista cirquense y me obsequió una visión panorámica de sus bragas moradas. Mis orejas debieron de ponerse moradas al alimón porque la chica me guiñó un ojo y dijo “si me cantas algo me las quito”.

El por qué la pobre mujer llegó a la conclusión de que yo podía cantar es para mí un absoluto misterio. A lo mejor porque de llevar el gorro condón se me había quedado el mismo pelo de mamarracho que a Justin Bieber. Da igual… sea como fuere, en aquel momento la fiesta, las ocho chicas que gritaban como veintemil, las bragas moradas y el mundo en general, me importaban un cojón de mono, así que mascullé un bueno-ahoravengo, agarré mi freixenet y bajé a encerrarme en mi cuarto con los gatos. Por el camino me interceptó Marc y me dijo “¡Hey, NO! ¡tú no puedes irte porque Pedro ha traído a unos gays!”. Él no estaba borracho (recordemos que bebe como un marinero irlandés), pero aquella me pareció la frase más idiota que me habían dicho durante los últimos diez años y parte de los anteriores, así que sonreí, dije “ahvale-ahoravengo” y me encerré a cal y canto en la habitación (es lo que tienen mis ahora-vengo. Hay que acompañarlos siempre de un subliminal pero-nomeesperes).

No me enteré de las campanadas. Cuando José Mota todavía se estaba abrochando la pajarita, yo ya estaba dormido como un tronco, abrazado a dos gatos y un anticristo copulador. A las cuatro y pico me despertó un petardo y aproveché para terminar de ponerme tonto y llorar un poco por todo lo bueno y lo malo que me había pasado durante los últimos 365 días.

Mh… ¿y qué más? ah, sí… que sigo sin saber aparcar.

Y… que me siguen insultando.