Mi vida es un tómbola, tom-tom-tómbola

Siempre está así. Pegado al techo. Subiendo donde no debería poder subir. Y cuando no está pegado al techo, está tirando algo o metiéndose donde no debe meterse.
Ha logrado traspasar la rejilla verde. No sé cómo coño lo ha hecho, pero lo ha hecho. Y me lo he encontrado tan pichi, al otro lado de la verja, sobre apenas 10 cm. de alféizar y mirando al vacío, seis pisos más abajo. No sé qué hacer con él. No lo sé, de verdad. Matarle. Disecarle. Convertirle en unos patucos para la nieve. He tenido que cerrar la puerta de la terraza y meter los dos areneros dentro. Ahora Pedro se queja de que huele a gato. Y tiene razón, claro, aunque también es cierto que yo aguanté estoicamente lo de las chicas vomitando en mi papelera, pero… bueno. Es cierto que los areneros deberían estar fuera, así que me callo y busco soluciones, como por ejemplo, largarme lo antes posible a un piso más bajo donde no haya pedros, ni chicas que vomitan.

Mi búsqueda de estos días ha sido un infierno. Las casas donde admitían tres mascotas eran corrales de 10 m2 administrados por listillos que me tomaban por gilipollas, y aquellas que tenían mejor pinta, siempre llevaban implícito a algún zumbao con ojos de oveja, que soltaba preguntas idiotas tipo «¿Lo de los gatos es porque eres satanista?»… «¿te importaría si de vez en cuando viera la tele en pelotas?»… «¿sabes si los gatos se llevan bien con las víboras de agua?»… «¿estarías dispuesto a poner pasta para montar un criadero de champiñones en el cuarto que sobra?»

Miguel me ha traído un recorte de un anuncio que ha cogido del tablón de la facultad. Casa céntrica y grande; ventaja. Un sólo inquilino; ventaja. Admite mascotas; ventaja. No fumador; ventaja. Precio asequible; ventaja. Sólo a chico gay; desventaja, desventaja, desventaja

Miguel se cabrea y me dice que la situación en la que estoy no es como para ponerme tonto con lo de gay o no gay. Yo le digo que no quiero convivir en plan «parque temático mariquita». Él me dice que lo de considerar a un chaval gay que nisiquiera conozco como una mariquita, es un prejuicio homófobo por mi parte y que debería darme vergüenza. Yo le digo que lo de no querer convivir con un heterosexual está más cerca de la mariquita de parque temático, que del gay normal. Él me dice que sí, que tengo razón. Que es mucho mejor lo de convivir con tipos que crían champiñones entre víboras de agua. Yo decido dejar de hacer el imbécil y llamar al chico temático de la casa grande, céntrica y que admite bichos que no reptan.

Hablo con él por teléfono y quedo para mañana. No suena a mariquita. Suena a chico normal que no puede con la hipoteca. Le digo que tengo dos gatos corrientes y uno bipolar que tira imanes de la nevera. Él dice «Ok». Yo digo «¿será un problema?». Él contesta «bueno, ahora mismo me preocupa más cómo seas tú, que como sean los gatos.» Yo respondo «Ah, bueno, no… yo soy normal…» y los dos soltamos una risita conejil de compromiso.

Me siento un poco mal por mentirle al chico temático, pero situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.