Me gusta el chico del piso de la jukebox

Es una mierda, una idiotez, una insensatez… pero es la verdad. Me he dado cuenta cuando he ido hoy a la misma hora a las pistas del canal para ver si me lo encontraba otra vez. Y también me dí cuenta ayer, cuando me estrechó la mano para saludarme y me sorprendí acercándome más a él para distinguir su olor. Siempre hago esa tontería cuando alguien me gusta; obsesionarme con su olor. Me pasaba con Nono, que olía siempre a una loción para afeitado que hoy todavía cuando la distingo en otro tio me pone el vello de punta. Y me pasaba también con Jesús, puesto que también hoy todavía me niego a lavar aquellas camisetas que aún conservan el olor de su armario. Hay algo sexual para mí en el olor de determinadas pieles ajenas. Algo que nisiquiera puedo distinguir qué es, pero que me revoluciona las hormonas desde la cabeza hasta los pies. Y lo que sea, este lo tiene. Porque que yo recuerde, nisiquiera es guapo, ni feo, ni es especialmente… nada. Pero le tengo cerca y siento que me apetecería hundir la cabeza en su camiseta y ronronearle como los gatos.

Así que lo mejor que me puede pasar ahora mismo es que termine dándole la habitación a cualquiera de los otros dos candidatos y yo siga adelante por un camino menos complicado, que no me lleve de cabeza y sin frenos a un nuevo batacazo.

Pienso que me está muy bien empleado por todas las veces que le repetí a Miguel que no quería llamar a este piso para no tener que convivir con un gay monotemático. En esta vida, por cada una de las veces que hablamos, tenemos unas cuarenta ocasiones de oro para estarnos bien calladitos. Y me temo que yo las desaprovecho absolutamente todas.