Crónica del día que no debería ser

Esta madrugada se me ha metido un tio en la cama.

Antes habían tenido otras 450 fiestas y la cosa no había ido más allá de alguna chica medio desnuda dando grititos por el pasillo o de unas cuantas decenas de vecinos haciendo ruido quejándose del ruido, pero yo siempre me había mantenido a salvo al otro lado de la puerta de mi habitación. Siempre había podido conservar mi reducto de neutralidad, debajo de un edredón y entre dos tapones para los oídos. En ese microespacio donde todavía podía ver los toros desde la barrera, sin tener que aguantar demasiados daños colaterales.

Hasta que esta madrugada, el microespacio, el reducto y todas las chuminadas que me había inventado como un campeón, se han ido al carajo de un solo plumazo porque un tío se me ha metido en la cama. Con aliento de tequila y ojos de llevar en el estómago toda la química del universo, ha abierto mi puerta tan pichi, se ha quitado la ropa y se me ha acostado a la espalda. Luego me ha pasado la mano por los hombros y ha dicho “eh… nene…”.

Siempre hay una gota que colma el vaso. Siempre. La mía ha llegado hoy. Justo en el momento en que he metido la patada al tipo y le he tirado fuera de la cama, ha sido cuando he sido consciente de que se me había acabado la mecha. De que ya, pasara lo que pasara, y dijeran lo que dijeran, no iba a poder quedarme ni un sólo día más. Ni un sólo minuto. Nisiquiera hasta que la habitación de Carlos quedara libre. Ni esperar hasta que saliera el sol. Nada.

Eran las cinco y poco cuando ha entrado Marc a darme explicaciones con un Pedro descojonado de risa detrás, agarrado a una botella de beefeater.  Para entonces, yo ya estaba echando los cierres a la mochila. Marc ha dicho “Ariel, lo que vas a hacer es una tontería” y yo he respondido “Probablemente.” Y con esas, me he abrochado la mochila, he agarrado las gateras y he salido por la puerta. Según bajaba por las escaleras, una señora con una bata rosa ha salido al descansillo y me ha dicho “esto no se puede permitir ¿eh? ¡esto no se puede permitir!”.

Poco podía contarme la buena mujer, que yo ya no supiera.

En estos momentos escribo desde la casa de Miguel. Me ha hecho un hueco improvisado en el sofá del salón. La cara de su novia al verme ha sido un poema. No la culpo. Probablemente sería la misma cara que hubiera puesto yo en su situación. Me quedan seis días para ocupar el piso de Carlos. Mañana recogeré el resto de mis cajas, las llevaré a un guardamuebles  y buscaré alguna pensión donde admitan mascotas y pueda dormir esta semana entrante.

Ana dice que dentro de diez años me acordaré de toda esta época y me reiré. Yo le digo que eso será si dentro de diez años no sigo igual que ahora, improvisando mi vida sobre la marcha. Lo cierto es que en estos momentos, pensándolo en frío… me produce todo menos risa.