Cuando duerme Clyde, ataca Bonnie

Tequila ha tirado un jarrón de cristal lleno de margaritas. Pum-crash-flash. Un mar de agua, pétalos y cristalitos ha inundado la mesa, el portátil, las sillas tapizadas, la alfombra…

Por intentar recoger rápidamente los cristales bajo la furiosa mirada de la novia de Miguel, me he hecho un tajo considerable en la mano derecha que me ha hecho sangrar como un cochino en día de matanza. Eso también ha contribuído a pringar la mesa… el portátil… las sillas tapizadas… la alfombra… De nada han servido los dos puntos de aproximación que me ha tenido que poner la vecina enfermera, ni el jarrón de cerámica que me he apresurado a comprar cagando leches para sustituir al anterior. La mirada de Ana Belén ha pasado en un nanosegundo de azul gélido a gris terrorífico. Creo que si pudiera coserme los gatos al escroto y luego meternos a los cuatro en una picadora gigante para hamburguesas lo haría sin dudar y sin despeinarse.

Cojo el coche todos los días. Pim-pam para ir; pim-pam para volver. Ya no voy acojonado por aquello de que, como buen irresponsable, tengo un ángel de la guarda titulado en peligros de muertes diversas, pero sigo aparcando como si tuviera la vista en una nalga y el sentido de la perspectiva en un pezón. Cuando lo quiero arrimar de la derecha, lo saco de la izquierda y cuando lo quiero arrimar de la izquierda, lo saco de la derecha. Cualquier cosa menos ponerlo recto y en su sitio.

Dicen que mañana podría nevar en Madrid. Yo… la nieve… el coche…

Ay…