Actores, lubinas y amansagatos

Bueno, empecemos por las cosas que parecen idiotas pero que en realidad lo son; hace veinte minutos Eduardo Noriega me ha pedido la vez en la pescadería.

Me hubiera molado ser un tipo de esos fríos y normales y decir eso de “a mí ya me están atendiendo, Eduardo Noriega” con la serenidad y el aplomo de un jedi, pero como soy yo y lo máximo que aspiro a encontrar en la pescadería son boquerones y señoras con paraguas, me he puesto cantidad de nervioso y casi se me caen las lubinas mientras no paraba de decir ahivahivahivátúereselactortúereselactotúereselactor

Me alegro de haber estado solo. Si llego a estar con Miguel, me habría dado con las lubinas en la cabeza. Pasa mucha vergüenza cuando no sé comportarme con los famosos. Todavía no me ha perdonado que me levantara de la mesa en el vips para preguntarle a Carmen Machi por qué había dejado Aída, ni que atravesara corriendo todo el parking de princesa para contarle a Guillermo Toledo que no me había gustado la segunda parte de Al Otro lado de la cama (no sé por qué me dió por pensar que a él podría interesarle).

Bueno pues… que Eduardo Noriega es cantidad de simpático y dulce, y que no se pone borde con los admiradores plastas compradores de lubinas. Que responde con mucha paciencia y hasta te recuerda muy amablemente que tienes a toda la pescadería esperando a que recojas el puto ticket que te tiende el pescadero desde hace treinta minutos, mientras tú sigues contando en plan papagayo epiléptico lo “guay” que estaba la peli esa “del doctor que curaba a los muertos” (debo aclarar que lo de explicarme como un libro cerrado es un efecto secundario de los nervios del momento, y que en circunstancias normales suelo ser un hacha recordando títulos y argumentos. O… inventándomelos).

Y… que no es bajito como parece en las películas. Que me saca la cabeza (el muy cabrón). Eso demuestra que la cámara además de engordar te achaparra, así que supongo que si Peter Jackson me hubiera contratado para hacer de Frodo, se habría ahorrado una pasta en efectos especiales, el hombre.

Ya estoy en la casa nueva. Carlos se lleva sorprendentemente bien con los tres gatos. Juega con ellos, los habla, los acaricia… y lo más flipante del tema es que la pasión parece ser mutua. Las malditas bestezuelas satánicas parecen tranquilizarse cuando le tienen cerca. Es muy extraño. Como si despidiera ondas electromagnéticas amansagatos, o algo así.

Me pregunto si será verdad que hay personas que resultan pacíficas para los gatos, igual que hay otras que los encrespan, sin necesidad de hacer nada en especial. En todo caso, yo no debo de ser de temperamento felino, porque a mí Carlos no me pacifica en absoluto. Al contrario. Cada vez que le tengo a menos de un metro de distancia siento como si tuviera veinte gnomos bailando all that jazz en mi bajovientre.