Virus, celos y asesinos en serie

Varios días ya sin poder publicar por culpa de un virus idiota que me saca comillas en vez de acentos. Y como en la lucha mortal Ariel vs. Virusidiota todavía no hay claro vencedor, pues… por ahora dejo que el bicho se divierta por mi ordenador y publico desde el portátil, hasta la próxima batalla (snif).

La foto es de un cuadro de madera que ha comprado hoy Carlos en una tienda de chinchonadas de Chinchón. Creo que mola todo (el cuadro y él). Su pasión gatuna crece a pasos agigantados. Suele pasarle a todo el mundo. El gato es el único animal que crea adicción. Un día estás diciendo “uff… es que a mí los gatos… no sé… son tan traidores…” y una semana de convivencia después, te sorprendes preguntando “¿y si adopto a otro cachorrillo? total… donde comen 27 comen 28…”

A mí no me pasó eso, no. Yo he sido siempre un irresponsable para todo; gatos, perros, zarigüellas, cromos de mazinger…

Ha sido una semana muy productiva en la que el cardiólogo me ha diagnosticado arritmia supraventricular (siempre algo nuevo bajo el sol), me han colocado un holter y he deshecho un montón de cajas de trastos y tonterías que debería haber tirado hace cinco años. La casa es amplia, con luz y llenita de mogollón de energías positivas. Los gatos son felices con Carlos, Carlos es feliz con los gatos, yo soy feliz con los gatos y con Carlos, y Peyote es feliz aniquilando todo lo que se mantenga en pie y/o esté vivo para sufrirlo. Ahora que ya ha terminado con toda la colonia de lagartijas de la terraza (cuyos minicadáveres desmembraditos muy amablemente nos ha ido dejando en almohadas y sofás, día sí y día también), se esfuerza notablemente con la colonia de insectos varios, para pasar sin más dilación a la colonia de pajaritos visitantes.

No quepo en mí de gozo. Vamos… no sé cómo he podido vivir todos estos años sin un gato asesino, masacrador de especies.

Además de los dos gatos normales, del psicokiller, de Carlos y de un servidor, también viene de vez en cuando por la casa a recoger cosas, un conductor de autobuses llamado Bosco, que parece ser la expareja de mi compañero masticable, además de antiguo propietario de la habitación que ahora ocupo.

Cuando de pareja pasas a ser amigo, es que la relación se ha logrado terminar de buen rollito y por mutuo acuerdo, pero temo que este no sea exactamente el caso, porque a pesar de toda la cortesía y respeto con los que se tratan, cada vez que aparezco en escena, Bosco me mira como si quisiera sacarme los glogos oculares tirando de mi cerebro desde el ombligo.

Pienso que si pudiera leerme el pensamiento, probablemente yo a estas alturas sería un amasijo de higadillos y rizos, colgando de la antena de radio de un autobús de la EMT.