Aunque siempre que entre ya no sepa salir

Tonteamos. Miguel me lo dice. “Estáis tonteando tú y el Carlos ¿eh?”. Yo sacudo la cabeza. “Buah, qué dices, que va…” pero sí, es cierto. Tonteamos. Me doy cuenta. Risas sin ton ni son. Peleas en broma para buscar contacto. La compra de la semana, siempre a medias. Nunca he hecho la compra con mis compañeros de piso; al fin y al cabo la casa compartida siempre es una república. Cada uno lo suyo y punto. Pero esta vez no es así. Vamos juntos al hipermercado. Decidimos a medias. Y buscamos tocarnos furtivamente, como dos idiotas. Agarrar una muñeca “¿qué hora es ya?”, apoyar la barbilla en el hombro “esa marca no, pilla la otra”, coger durante un segundo la cintura “déjame pasar y voy guardando” También hablamos. Mucho. Contando cosas que no creímos que termináramos por contar. Y nos sonreímos sin tener ningún motivo concreto. Uno carga la cafetera, el otro busca en el frigorífico, se nos enredan las miradas y sonreímos. Un segundo fugaz. Y siempre detrás el mismo pensamiento “¿pero por qué coño he sonreído? ¿y por qué demonios me ha devuelto la sonrisa?”

Escuché hablar a su ex desde el salón la última vez que vino. “Estás zumbao, Carlos. Meter tres gatos en casa. Hay que tener huevos…”  “Siempre quise tener mascotas sin la responsabilidad de cuidarlas.”  “Claro… Y mis cojones son de plata, chaval.”

Yo tampoco me lo creí. Ni el de los autobuses. Ni él mismo se lo pudo creer mientras lo decía.

Miguel se ríe. “Mala idea lo de meterte en los pantalones de tu casero ¿eh?…” Yo abro mucho los ojos, y me hago de cruces. “¿Pero qué dices? ¿yo? ¿yo meterme en los pantalones de ese? pero… qué dices…”

Y mientras lo estoy diciendo, siento que el vello de la nuca se me eriza.