6… 5… 4…

Viernes de perros en Madrid. Voy y vengo como un señorón, dentro de mi tanque azul entre lluvias y nieves, y termino mi jornada laboral bastante menos cansado y mucho más calentito que cuando tiraba de Metro. Hoy le he dicho a Miguel que ya le había cogido el tranquillo el coche porque ahora podía bajar la calefacción sin invadir el carril de la izquierda. Él ha puesto cara de conejo y ha soltado una risita, así que creo que ha debido de pensar que se lo estaba diciendo en broma, el pobre.

Carlos me llevó anteanoche a ver Cisne Negro (brutal, perversa, maravillosa, magnífica, intensa), y esta noche le llevo yo a ver Rango. Creo que nuestros respectivos subconscientes se inclinan a meternos al alimón en sitios oscuros proclives al sobe furtivo. De hecho, anteayer me perdí cuatro minutos de película porque mi cerebro se quedó en stand by cuando puso la mano en el reposabrazos y dejó su dedo meñique sobre el mío. No puede ser que yo me pierda cuatro minutos de Aronofsky por un dedo meñique. Es lo más idiota que me ha pasado desde que tenía 13 años y me metí algodón en el paquete para llamar la atención de Isabelita Palau. Debería plantearme seriamente y de una vez por todas, hasta dónde exactamente quiero llegar con esto.

Lo cierto es que ya lo habría meditado, si no fuera porque la visión del caminito de vello púbico que le sube desde la cinturilla del pijama hasta el ombligo, me vuelve a desconectar el cerebro una mañana sí y otra también. Obviamente, tiene que ser consciente de eso, claro. Primero por las señales inequívocas que me lanza yendo sin camiseta en una cocina de febrero con dos escasos grados de temperatura ambiente, y segundo por esa singular expresión de cara que se me pone cada vez que entro en cortocircuito sexual, como de pastor de cabras descifrando un logaritmo neperiano.

La verdad es que pienso en todo esto y no puedo evitar reirme un poco de mí mismo (para variar). Los rituales de apareamiento entre hombres siempre son así. Con una chica vas despacito, dulce y todo lo emotivamente que puedes. Con un tío lanzas mensajes carnales durante una semana, y cuando llega el viernes, le arrancas los pantalones con los dientes y te lo comes en cinco nanosegundos, con dos de sobra para repetir postre. Creo que es la suma de ambas testosteronas. Más tarde o más temprano, siempre nos terminan devolviendo a la era del cromagnon.