…3… bumba

Bueno… no era muy complicado que pasara lo que ha pasado. Veía la cara de Bosco cada vez que aparecía por la casa. Se notaba claramente que yo no le caía simpático. Cada uno nos creamos nuestros propios fantasmas en la cabeza, nuestra propia percepción de las cosas. Y luego resulta difícil que nadie venga a decirnos que no es la correcta. A mí me pasa, a Miguel le pasa… ¿por qué no iba a pasarle a Bosco?

No se barruntaba que fuera hoy, ni que fuera en ese momento. Sólo tomábamos café, y hablábamos. Y él estaba detrás, recogiendo restos de su vida en esa casa, como siempre. Que todavía quiero entender por qué no los recogió cuando estaba la abuela. ¿Petición expresa del dueño? ¿un respeto que por mí no importaba tener? Igual da. Ha estado hinchándose de pensamientos como un globo todos estos días y hoy ha estallado.  Sin venir a cuento. No sé qué he dicho que no debía de haber dicho. No lo recuerdo entre todas las ideas que tengo revueltas ahora mismo en la cabeza. Igual da. Sólo tengo clara y diáfana la frase que ha soltado señalando el pecho de Carlos «tú y yo sabíamos lo que iba a pasar con el chaperito barato que te metías en casa. Tú y yo sabemos que vivirá de gorra a tu costa y te sacará hasta el último céntimo que tengas para luego dejarte tirado como el pobre gilipollas que eres». Y ahí me he quedado yo. Sin réplica. Sólo mirándole el dedo con la boca abierta. Como el pobre gilipollas que soy yo.

No ha durado mucho nada. Carlos ha enfurecido. Como no le había visto yo todavía. Tampoco podía hacer otra cosa, claro, conmigo delante, mirando ese dedo acusador con cara de besugo y el café enfriándose entre mis manos. Y se lo ha llevado fuera, cogido de la camiseta «te vas… te vas… gilipollas… bocazas… subnormal… tú no vuelves a pisar mi casa… nunca… lo que te quede aquí te lo tiro por la puta ventana…»

Ahora yo estoy aquí, encerrado en mi habitación, escribiendo esto. Sigo con cara de besugo. Cada diez o quince minutos, Carlos da pequeños toquecitos en la puerta. «Ariel… sal y hablamos anda… no le des vueltas a la cabeza por favor…» Yo no respondo, ni me levanto, ni abro la puerta. Me quedo aquí, escribiendo esto para lobotizarme. No me duele lo que haya podido pensar Bosco. Al fín y al cabo yo sé mejor que nadie que los celos crean monstruos.  Pero sí hay algo a lo que no puedo evitar dar vueltas. Algo que todavía no logro que se me apague de los oídos.

Ese jodidamente evidenciador «tú y yo sabíamos…»