Primera noche

Llegamos chorreando agua. Una señora muy redonda extiende los brazos tras el mostrador “¡Carlos! ¡cuánto tiempo!” Se abrazan “Qué tal está señora…” “Bien, bien, como siempre, que alegría verte de nuevo.” Cae en la cuenta de que estoy detrás. Me señala “¡No me digas que este es Samu! ¡Dios bendito, lo que ha crecido!” Carlos también cae en la cuenta de que estoy detrás. Se ríe “No, no, es Ariel. Un amigo.” “Ah, vale, vale… encantada Ariel hijo ¿eh? esperad que voy a daros las llaves, vete rellenándome la ficha”. Deja una hoja en el mostrador y desaparece por la puerta del chiscón. El flequillo me gotea en la nariz y llevo los vaqueros pegados a las piernas. Tapeteo con el pie en la moqueta mientras Carlos escribe algo sobre el mostrador. No sé si estoy nervioso o congelado. Tiro de su manga. “Oye…¿quién es Samu?” Se vuelve. “Mi hermano pequeño. Solía venir conmigo.” “Ahm…” Me da la espalda y sigue escribiendo. Vuelvo a tirarle de la manga. Se gira. “¿Sí?” “¿Cuántos hermanos tienes?” Mira un instante hacia arriba, como si los estuviera contando. “Seis.” “Ahm…” Otra vez me da la espalda. Vuelvo a tirarle de la manga. Se gira y se ríe. “¿Ahora qué?” “¿Y… los seis se parecen a mí?” “No. Tú no te pareces a nadie.”

Reaparece la señora redonda con un llavero de madera enorme, tipo tirolés. “Te la doy de dos camas ¿no?” “No, no. Dame la de una, por favor.” “Vale, espera…” Desaparece otra vez. Yo tapeteo más fuerte. De movimiento nervioso pasa a convertirse casi en zapateado flamenco. Me mira. Ojos de cocacola, que decía Fito. “La de matrimonio es la más grande y tiene una vista cojonuda para fotos.” Valemuybienperfecto. Si yo no he preguntado nada… Tapatapatap… tapatapatap… “¿Tienes frío?” Paro la pierna en seco. “No. Estoy bien.” Vuelve la señora. “Toma ¿le digo a la niña que os acompañe?” “No, no se preocupe, ya me sé el camino. ¿Me puede traer luego a la cabaña dos irlandeses?” Se gira “¿te gusta el irlandés?” Me pilla desprevenido. Vuelvo a tapetear. “¿El… irlandés…?” tapatapatap…tapatapatap… La señora se inclina y me mira “El café irlandés. Los hacemos muy ricos aquí ¿eh?” Despierto del minicoma cerebral. “¡Ah, sí, sí…sí, claro… me encanta el irlandés, sí…” tapatapatap… tapatapatap…

Entramos en la cabaña. Tira la bolsa en el suelo y se quita la chaqueta. Habla por el móvil con algún compañero de trabajo “He venido a las cabañas, voy a hacer unas tomas mañana para lo de los museos. Localízame a Marcelo que venga el lunes… sí…” Miro a mi alrededor. Sé que es un sitio cantidad de chulo, pero tardaré unas cuantas horas en deslobotomizarme para poder apreciarlo. Él se va quitando prendas de ropa mientras sujeta el móvil entre el hombro y la barbilla. Yo me quedo ahí, con cara de besugo. Con la vista fija en el dibujo de su espalda. En un instante fugaz, me mira “Ariel, ponte ropa seca o te resfriarás…” Me veo reflejado en el espejo que tengo enfrente. Parezco un pollo para caldo. Miro mis vaqueros chorreantes y caigo en una regla de tres básica: vaqueros mojados + calzoncillos que destiñen = dúchate YA. Con toda la rapidez de la que soy capaz, me quito la chaqueta, abro la bolsa, cojo ropa seca y me encierro en el baño “oyequemevoyaducharenunsegundoeh?”.

Bajo el chorro de agua caliente, pienso. No sé. No sé qué va a pasar conmigo. En lo más profundo de mi ensimismamiento, se abre la puerta y entra él en absoluta pelota picada. Vacía una bolsa en el lavabo “Ariel, me voy a afeitar.” Vuelvo a lobotomizarme. No quiero mirarle, pero le miro. Me quedaba la vana esperanza de que tuviera uno de esos micropenes que luchan a muerte contra la Ley de Newton, pero no… una mierda, micropene. Entonces de pronto recuerdo algo que me dijo alguien. “Sabe que te gusta y está reafirmando el ego a costa de hacerte babear”. Me invade una ira repentina. Abro la mampara “¡EH! ¿TE IMPORTA NO USAR EL BAÑO HASTA QUE YO HAYA TERMINADO?” Me mira con ojos de estupor. “¿Como?” “¡QUE ME ESTOY DUCHANDO! YA TE HAS REÍDO UN RATO CON LO ENSEÑAR LA SALCHICHA AL PERRO. HALA, ¡LARGO!” Me mira y suelta una carcajada “¿La qué? pero… ¿qué estás diciendo?” Entonces vuelve a poner la misma mirada de estupor, me señala la entrepierna y dice “Oye… tienes la polla verde…” Me miro. Le miro. “¡NO ES VERDE, GILIPOLLAS! ¡ES AZUL!”
Salgo de la ducha, le empujo hacia la puerta con todas mis fuerzas. Él sigue sonriendo. “Venga, Ariel… cálmate…” Cierro a su espalda y echo el pestillo. Me apoyo en la pared de la ducha y resbalo hasta quedarme sentado bajo el agua.

Mierda, mierda, mierda…