Primer… yo que sé…

Mientras sigo ahí sentado, en el suelo de la ducha, le oigo reirse al otro lado de la puerta. Me voy calmando. Poco a poco, también me río yo. La escena que acabo de montar se la puedo vender tranquilamente a Woody Allen sin despeinarme. Me quito los restos de tinte genital, me envuelvo en dos toallas y salgo. Él sigue tirado en la cama, descojonándose, literalmente. Ha tenido el detalle de ponerse los calzoncillos, pero se sujeta el estómago y tiene lágrimas en los ojos. Me río de verle reir. También me tranquilizo. Siempre me tranquiliza ver a la gente reir. Creo firmemente en la risa como arma de pacificación masiva.
Le tiro una toalla a la cabeza. “¡Eh! vale ya, no seas cabrón.” Se va calmando. “Ay joder… lo siento… es que… ” Se seca las lágrimas y palmea en la cama. “Ven aquí…” Me siento a su lado y me abrazo las piernas. Nos miramos y luego rompemos en cinco minutos más de carcajadas. Yo también empiezo a llorar de risa. “Explícamelo por favor… dime cómo se consigue una minga verde…” “Comprando calzoncillos en el kiabi. Destiñen cuando se mojan. ¡Y no es verde, coño! es azul.” Empieza a tranquilizarse, aunque sigue colorado como una remolacha y con la respiración entrecortada. “Tienes la polla de colores ¿qué más da verde o azul?” “Verde es el color de lo rancio y lo podrido. Azul es el color de lo fresquito y lo guay. Es a-zul.” Vuelve a reirse. Yo también. “Tira esos calzoncillos, anda. Te daré uno de los míos.” “No. Me pondré los de dibujos. Tú me sacas dos tallas. Si me pongo los tuyos pareceré a Homer Simpson.” Otra vez se descojona. Cae de espaldas y vuelve a sujetarse el estómago. “Oye, si te vas a estar partiendo el pecho cada vez que hablo… ” Se incorpora y me pasa el brazo por los hombros. Pgggg-pgggg… “No, no… joder, perdona… es que hacía mucho que no me reía así…”

Le miro. Qué bien huele. Y que sensación más acojonante tenerle tan cerca. Por un segundo me olvido de que ese instante es de verdad, y le paso el dedo por el mentón. No parece sorprenderse y si lo hace, lo disimula con perfección ninja. “Bueno, ¿Y lo del perro y la salchicha? ¿a qué venía?” Vuelvo a reirme. “Oye, déjame en paz. Soy un pobre chico y sufro. Tenme lástima y deja de cachondearte.” Me levanto a buscar mis calzoncillos marvel. Ya me da igual llevarlos puestos. Ya me da igual todo. La tensión se me ha quedado por ahí. En algún momento. En algún gesto. “Has venido a hacer tomas fotográficas ¿no? pues hala… haz tomas y déjame a mí con mi polla verde. Digo azul.” Mientras rebusco en la bolsa, le oigo a mi espalda. “No he venido aquí a hacer tomas fotográficas.” Me giro y le miro. “¿Ah no? ¿y a que has venido?”

No me responde. Solo sonríe y me mira. Venga. Dí algo. Dime lo que quiero oir. Dilo, joder, y todo lo que me ha pasado habrá merecido la pena.

Se levanta y se pone los vaqueros. “Es una larga historia, así que… primero, voy a por provisiones.”

Le veo salir por la puerta. Me quedó ahí. Agachado sobre la bolsa. Otra vez con cara de besugo.