Diarios de ñoñomuk

Dice Miguel que no me enamore hasta que no haya pasado la «fase carnal» y tenga el horizonte un poco más claro. Entiendo el consejo. Por mucho que me deslice, en realidad lo hago cuesta abajo y a toda hostia. Siempre hay un porcentaje cabroncete de que tropiece y me esmorre de bruces, pero bueno… igual da. Ya puedo morderle y huele muy bien. Los irresponsables no necesitamos mucho más para cruzar en pédalo el Canal de la Mancha.

Por la noche me despierto de madrugada en su cama sin saber bien qué hacer. Soy el amante en cama ajena. ¿Qué hace exactamente el amante en cama ajena? ¿se marcha como un cabrón insensible o se queda como un pegajoso ñoñochico-ventosa? No lo sé, no tengo experiencia. No está en mi naturaleza lo de ser okupa de camas. Por ahora, dejo que pasen las horas y los tictictic de su despertador y antes de que comience el día, me escapo sigilosamente hasta mi dormitorio y me acuesto en mi cama. Entonces él se levanta, entra en mi cuarto, se mete en mi cama, me pasa el brazo por encima, dice «hola otra vez» y se vuelve a quedar dormido hasta que al fondo del pasillo suena su despertador. Y yo me río como un conejo contra la almohada, claro. Tampoco está en mi naturaleza lo de tener amantes mentalmente más equilibrados que yo.

La verdad es que ahora mismo damos un poquito de coma diabético. Un día de estos abriré la ventana y aparecerán los pajaritos y los cervatillos de Blancanieves a traernos el desayuno.

Y Peyote los desmembrará y me los dejará alineaditos y desolladitos sobre la almohada.