No sirvo para ser yo

Hoy Carlos ha salido un poco antes del trabajo, y ha venido a buscarme a la facultad. Traía un paquete con comida japonesa que había encargado en el Nagoya, para que cenáramos esta noche. Se ha acordado de que era mi restaurante favorito. Qué majete. Me ha dicho “ahora estoy en el momento no-veo-tus-defectos así que tienes que aprovecharte de mí todo lo que puedas…”

Cuando hemos ido a recoger mi coche al parking, lo hemos encontrado con las luces encendidas y sin batería. El vigilante me ha dicho “¿no le ha saltado una alarma al cerrarlo con las luces puestas?” y yo, con cara de paisaje, he respondido “ah… ¿pitaba por eso?” Que hostia tengo. De verdad. Así…con la mano abierta y en la boca, por ceporro. Hemos tenido que recorrer medio campus en busca de un alma caritativa que me dejara pinchar mi coche al suyo. Y hemos tardado casi una hora, cosa lógica y normal, porque nadie lleva encima un cable de batería, como el que lleva un paraguas. Al final uno de los profesores se ha prestado a ello, y me ha puesto el cable en la mano diciendo “toma, enchúfalo que voy arrancando…” Me he quedado ahí pasmao mirando las pinzas, hasta que Carlos ha cogido el cable y ha dicho “Si no te importa, mejor lo hago yo, que me molan estas cosas. Como ya he tenido tres coches…”
Me quita el marrón y encima me miente para no hacerme sentir como el inútil que soy. Debo reconocer que, esté o no esté yo en mi momento no-veo-tus-defectos, cada cosa que hace es como para darle de besos desde aquí hasta Móstoles.

Una vez recuperado el control del coche, se me ha vuelto a olvidar lo de “1. mirar por el retrovisor 2. cambiar de carril 3. sobrevivir”, y un autobús de los verdes casi nos pasa por encima en la incorporación a moncloa. Del susto que me he llevado, me he vuelto un poco más rubio.

Cuando por fin hemos vuelto al barrio, se me ha olvidado poner el freno de mano al aparcar y al cerrar la puerta del coche, éste ha empezado a deslizarse hacia atrás como en una película de cine mudo. Me ha faltado el pelo de un calvo para que se me estampara contra una furgoneta. He tenido que subir en marcha a la pata coja para pisar el freno, al más puro estilo Mr. Bean.

Moraleja: hoy no he podido ser más penoso delante del hombre al quiero impresionar. Vamos… ni aunque me hubiera esforzado haciendo una licenciatura de subnormal. Ahora mismo, creo que lo único que me queda es estornudar con el wasabi y clavarme un palillo por la nariz hasta el cerebro. Con algo así, ya tendríamos el día completo.

Para mí que el momento no-veo-tus-defectos de Carlos ha tenido de esfumarse hoy a la fuerza, en algún lugar entre El Paraninfo y Malasaña.