Aprovechando que nadie lee blogs los sábados…

Me acaba de llamar desde el trabajo para decirme que si logro esperarle despierto, podríamos ver una peli desde la cama, antes de dormir. Alguien le ha interrumpido y ha tapado el auricular. Le he oído decir «espera un momento coño, estoy hablando con mi chico». Lo he oído. Amortiguado, pero lo he oído. Por supuesto que esperaré despierto. En un momento de tontería, me dijo que lo que más le gustaba en el mundo eran las croquetas. Y yo, a estas horas, cuando pasan las doce de la medianoche, me he puesto a hacer masa para croquetas. No se me ocurría otro modo de agradecérselo. De agradecerle… yo que sé. Todo. Todo lo que han sido estos últimos días.

Soy consciente de que tenía todas las papeletas para no terminar bien. Me quedé sin familia. Hice la calle. Enfermé de cáncer. Pasé por todos los baches que podía pasar. Y sin embargo, por idiota que pueda parecer, ahora me siento y puedo decir que la vida me ha tratado bien. Eso es lo que yo quería explicarle a Teo cuando se dejaba morir. Que la vida siempre merece la pena. Pase lo que pase. Porque de repente, entre hostia y hostia… de pronto brilla. Brilla tanto, que se come todas las oscuridades en un chimpún. Y ya ni recuerdas por qué llorabas o por qué estabas dispuesto a rendirte.

Está bien. Me lo creo. Ya me lo creo.