Qué bonito todo…

Estoy agotado. Llevo encima sueño atrasado de cinco días. Ahora mismo escribo esto mientras me voy deslizando en la silla, y mi cabeza se inclina hacia el teclado. Si empiezan a aparecer símbolos extraños en el post, los habré puesto con la frente porque me habré quedado sobado encima del portátil.

Lo más idiota del asunto es que mi falta de sueño no es enfermedad, ni mala conciencia, ni preocupación. Sólo sexo cochino. Y no tengo nada en contra del sexo cochino (yupi-yupi-yey) pero me está resultando dificilillo esto de sobrevivir durmiéndome todos los días a las cuatro y despertándome a las siete. La señora Virtudes ya no me dice que hago buena cara. Ahora me dice “Hazte un chequeo, hijo, porque tienes muchas ojeras y así empezó mi cuñada Vanessa, la que se murió de leucemia” (la señora Virtudes nunca hace honor a su nombre).

Lo peor del caso es que a mi compañero de cama ni se le nota. Y doy fe de que duerme exactamente las mismas horas que yo. Sólo que él se levanta canturreando, como si de verdad fuera el primer día del resto de su vida, y se  pone a exprimir naranjas para hacer zumito, cuando yo nisiquiera he logrado despegar los ojos para encontrarme la churra en el wc. ¡Y luego se va a nadar! ¡a nadar! ¡a las siete y media de la mañana! y cuando vuelve por la noche me pregunta todo sonriente que si voy al canal con él a echar unas carreras. Unas carreras. Yo. A las ocho de la tarde de un jueves, con tres horas de sueño a la espalda, y la amenaza de otras tres por delante para aguantar la jornada de mañana.

Creo que emplearé el sexo cochino de esta noche para buscarle el cajetín de las pilas. Fijo que por algún sitio tiene que tenerlo.