Ni todo azúcar, ni todo sal

Hay un gatito muerto justo en la incorporación a la M30 que cojo todos los días para volver a casa. Es un gato gris, atigrado y está tirado junto a la mediana de la carretera. Lleva allí cerca de dos semanas. Cada vez que tomo la curva y le veo, se me rompe el corazón. He llamado a recogida de animales muertos y a servicio de carreteras, pero no me han hecho ni puto caso. Le dije a Carlos que uno de estos días pararía el coche en el arcén y yo mismo lo quitaría de allí. Él me dijo «Si vas a hacer eso, voy contigo. Ponemos los triángulos y te pones el chaleco reflectante. Si para la guardia civil, ya nos inventaremos algo.» Aunque me pareció todo un detalle por su parte lo de apoyar mi ida de olla (que por supuesto pienso llevar a cabo) le dije que no podía ser tan bueno conmigo. Que yo tenía un millón de ideas idiotas a lo largo del año, y que lo peor que podía hacer era alimentármelas por miedo a decepcionarme. Que no se cortara, y que cuando tuviera que ser cabrón lo fuera, sin simulacros y sin ñoñerías. Él respondió «Voy a ir contigo y punto.» Ok. Pues vale.

Hace dos días me dijo «Te he comprado un peluche, para que te ayude a pasar un poco la pena de lo del gato ese de la M30». Yo en ese momento dije «Qué detalle, muchas gracias…» pero en realidad pensé «joder, Dios mío… los cervatillos… que me salen los cervatillos…»

Este es el peluche que me ha comprado (pongo el enlace a la web porque las fotos que le he hecho con el móvil no se distinguen lo suficiente).

Lo he visto esta mañana y todavía me estoy descojonando.

Hoy he descubierto que Carlos también puede ser un cabronazo. Alabado sea Jehová.