Debí suponer que todo sería sencillo

Esta mañana en el ascensor una señora muy vieja le ha dicho a Carlos que hiciera el favor de cerrar la ventana cuando se pusiera a sus guarrerías porque se escuchaba todo por el patio interior. Así se lo ha dicho, «cuando te pongas a tus guarrerías». Y luego me ha mirado fijamente a través de las gafas de concha, para darme a entender que sabía perfectamente quién era el otro guarro.
Yo en esos momentos estaba comiéndome un donut a toda prisa porque no me había dado tiempo a desayunar, y del sofocón que me ha subido por las orejas, se me ha quedado la miga atascada en la glotis. No he sabido reaccionar. He puesto cara de monaguillo pillado masturbándose y he bajado el donut y la vista al suelo. Carlos, sin embargo, le ha dicho a la señora, tranquilamente y sin inmutarse, que sí, que le disculpara. Que ciertamente se le olvidaba cerrar la ventana porque siempre iba con prisas para el sexo, ya que todavía era joven y tenía que aprovechar el tiempo que le quedaba hasta convertirse en un «lamentable anciano de esos  que están todo el día con la oreja pegada a la ventana para ver qué escuchan».

Lo ha dicho pausadamente y sin dejar de sonreir. Y la vieja y yo nos hemos quedado traspuestos, como la mujer de Lot. Tiesos y con la boca abierta. Yo con el donut en alto, y ella con las gafas en la nariz. Luego ha soltado un cordial buenos días y ha salido por la puerta del ascensor tan pichi (aunque luego ha tenido que volver sobre sus pasos para sacarme a mí, porque yo seguía ahí plantificado con mi donut y mi cara de besugo disecado). Cuando hemos salido del portal le he dicho muy apurado, que teníamos que cerrar la ventana y él me ha contestado «Ariel no voy cambiar ninguna costumbre para que una tortuga arrugada y retrógrada no se escandalice». Yo he dicho «Muy bien. Pues entonces te pondré la almohada en la boca» y él ha contestado «Vale. Y yo te pondré otra cosa en la tuya» y lo ha oído el portero, el del quiosco, el que repartía los churros, el taxista del entresuelo, sus dos hijas, la mujer del perro que vive en el segundo, el perro de la mujer que vive en el segundo, y hasta las pulgas del perro de la mujer que vive en el segundo.

Es muy duro esto de estar con Batman, si uno no tiene espíritu de Robin.