Es muy fácil ser leyenda

Hoy no me he llevado el portátil, así que me he pasado el día trabajando. No he jugado a perderme con el twitter. No me he leído todos los periódicos. No me he escapado a las aulas para mirar a la becaria de la minifalda negra. No me he reído como una foca monje, ni he gritado mecagoenmicalavera cuando el servidor se ha colgado. No me he pasado ni cinco minutos de mi hora de comer. No he discutido sobre Sara Carbonero, ni sobre las mamografías de Hope Aguirre. No he sujetado la puertecita de la máquina de repostería martínez para sacar dos vulcanitos por el precio de uno. No he hecho insectos de origami con la nueva remesa de papel para diplomas. No he aparcado en diagonal.

Con tanta carga de gilipollez nepomukiana acumulada, a la salida me ha dado por contarle al vigilante de seguridad  la historia de una niña que se ahorcó en una de las aulas hace veinte años, y como desde entonces algunos monitores se apagan solos, o se escuchan ruidos extraños de llanto por los pasillos cuando el edificio se vacía. El vigilante es un hombre de 100 kilos en canal y 45 añazos, así que lo suyo habría sido que simplemente soltara una risita (más o menos nerviosa) y me mandara a la mierda sin billete de vuelta. Pero como las cosas no suelen salir habitualmente como yo espero que salgan, el pobre hombre se lo ha tragado como un bendito y ha ido difundiendo la noticia por todas las plantas del edificio, hasta que mi niña muerta inventada se ha hecho más famosa en la empresa que la chica de la curva.

Se me ocurre que como escarmiento por haber fallado a la máxima vital de «no creas en nada que no se pueda demostrar» para los próximos santos inocentes, aprovechando que soy de tamaño fraguel, tranquilamente podría ponerme una peluca de coletas y los pantalones de cuadros de ayer, y darle al vigilante algún que otro susto por el pasillo, cuando esté haciendo la ronda de las 18h. Así que, teniendo en cuenta que es un vigilante con permiso de armas, probablemente la próxima ánima que pulule errante y atormentada allende los siglos por los pasillos del edificio, sea la mía.

Luego sacarán mi foto borrosa en el programa de Iker Jiménez y mientras suena una musiquita de miedo tipo tatachín-tachín, su mujer, la de los dientes de conejo, dirá «y aquí, si se fijan bien, podemos distinguir perfectamente una silueta de un chico con pantalones de Krusty…»