Bueno, bueno, bueno…

Ha sido un fin de semana completito en el que he hecho de todo menos escribir. Así de perro soy. Pero no importa. Para eso estoy aquí ahora. Para hacerme un follón y dejarlo todo cronológicamente liado.

El viernes traje todos mis libros a casa. Ocho cajas. Carlos cambió su salón para que cupiéramos, los libros y yo (los gatos ya no hacía falta porque esos se meten aunque no quepan). Levantó graaaandes estanterías a lo alto y ancho de las paredes y me ayudó a desempolvar y colocar. También cambió unos muebles por otros y reestructuró el armario de su habitación para que pudiera llevar allí mi ropa. En total nos costó unos cuantos viajes de ida y vuelta al IKEA, unos cuantos dedos pillados, algún quitadeenmedio y bastantes risas (yo siempre me río cuando tengo que montar muebles porque suelo tener la destreza de un babuino ciego. Es la consecuencia directa de mi irresponsabilidad) Creo que era Sabina el que decía en una canción que 2 no es igual que 1+1. Carlos decidió este fin de semana cambiar su casa de 1+1 por una casa de 2.

Yo todavía me encuentro mirando todo con expresión de niño asomado a la pastelería. No estoy acostumbrado a semejante demostración de fe ciega en mí. Ojalá me salieran alguna vez las palabras adecuadas para agradecérselo. Por ahora sigo sin salir de mis celébres gorjeos de felicidad bobalicona tipo “uh… eh… que… que bonito todo… glglglgl…”

El sábado acompañé a uno de su veintemil hermanos a un punto limpio a tirar los muebles que se desechaban en el cambio ponga-un-ariel-en-su-vida. Hice todo el camino de ida acojonadito porque pensaba que más tarde o más temprano me diría algo así como “vais a matar a mi madre de un disgusto”, pero no pasó nada de eso. Por el contrario fue cantidad de amable y simpático conmigo. Mientras esperábamos al organizador de trastos, dijo “qué de puta madre ver a mi hermano ahora tan contento con lo chungo que lo ha pasado los dos últimos años”. Me estuve fijando bien, por si en ese momento salían los cervatillos y los conejitos disney por detrás de algún contenedor pero no… No salió nada. Todavía puede caberme un poco más de felicidad absurda.

Esta mañana Carlos ha corrido la media marathón (están locos estos romanos). Le pedí que me despertara para ir a animarle (y de paso ridiculizarle un poco, al pobre) a golpe de silbido, pero debí decirlo con expresión malévola, porque ha pasado de mí ampliamente y me ha dejado durmiendo como un ceporro. Para cuando me he despertado, él ya había corrido, se había duchado y estaba preparando unos huevos revueltos (con un par de ídems). Creí que pasaría el resto del día arrastrando las rótulas doloridas por las esquinas pero nah. Tampoco. Sigue tan pichi y tiene ganas de cine. Tengo que rebuscar a fondo en la casa a ver si un día de estos encuentro por algún lado el batmóvil.

No puedo seguir. He quedado a las diez con las invasiones alienígenas. Yupi-yupi-yey.

Gracias a Ana Pepito Grillo por la fe de erratas.