Muertos y jodiendas

Ayer una compañera de mi trabajo, seriamente traumatizada por la muerte de su padre hace ya dos años y medio, fue a grabar al programa “Más allá de la vida” de telecinco para intentar comunicarse con el espíritu de su padre muerto a través de una medium. Previamente, tuvo que ir a un par de entrevistas, en las que fue sometida a todo tipo test psicológicos sobre la relación con su padre, y dónde tuvo charlas diversas con “topos” que el programa obviamente infiltró, haciéndose pasar por participantes y público asistente, para extraerla información de primera mano, que luego la falsa “medium” pudiera utilizar en el show. De qué murió su padre… qué tipo de objetos guardaba de él… cómo había sido su forma de ser…etc. Para cuando la infeliz de mi compañera fue al programa, la dirección de este ya tenía todo un dossier completo de lo que podían decirle para que cayera absolutamente en la trampa como una pardilla.

Y cayó, claro. Esta mañana ha venido toda ensimismada, contando cómo la medium (o sirvengüenza que llamaría yo) le había adivinado todo tipo de cosas sobre su padre y cómo le había dicho que la quería muchísimo y que la esperaba en el cielo junto con su abuela, para volver a reunirse con ella cuando le llegara la hora. Para terminar, llorando hasta el hipo, me ha dicho “me he vuelto creyente, Ariel. Mi padre me espera en el cielo…”

He pensado que tenía que decírselo. Que era importante que fuera consciente de lo que no quería ver. Que se habían reído de ella. Que la habían utilizado y que todo el equipo del programa no eran más que una panda de sirvengüenzas que se aprovechan de la tristeza y la ignorancia de las personas para cumplir sus putos datos de audiencia mínima con los que poder sacar ingresos publicitarios. Pero viéndola arrasada en lágrimas no he tenido valor. Y todo lo que he podido preguntar ha sido “¿te han pagado algo?” para que ella, mirándome con ojos sorprendidos, respondiera “¿pagarme? ¿cómo se te ocurre? no, claro que no…”

O sea, que ni eso. Hijos de mil perras. Por una vez desearía que de verdad existiera la chuminada del cielo y del dios todopoderoso, sólo para que pudieran pudrirse todos en el más absoluto de los infiernos.

Hala. Desfogado quedo. Cambio de tercio.

Carlos ha empezado a leer este blog desde el principio. Dice que se saltará todos los post en los que aparezca su nombre. Ana dice que no hará eso ni de coña porque la curiosidad es inherente al ser humano. Yo estoy seguro de que sí lo hará. Empiezo a conocerle, y si dice que lo hace, lo hará. Tiene la corteza craneal especialmente dura y el sentido de la honestidad arraigado hasta lo absurdo. Creo que es el temperamento vasco. Los italogermanomadrileños por el contrario, estamos siempre dispuestos a cagarla con una elegancia que ya quisieran muchos y sin que se nos despeine ni una ceja.

El caso es que al descubrir que pasé por enfermedades muy chungas durante el primer año de este blog, ha decidido que necesito una vida más sana, y me ha dicho la frase que todo Ariel Nepomuk teme desde el momento en que llega al mundo: “Se acabaron las chuches y los bollos en esta casa.” Aunque en un principio me lo he tomado como una cuchufletamenaza de esas que dicen los padres para que te comas todas las espinacas, finalmente ha resultado que lo decía en serio. Esta mañana he tenido un cruel amanecer en el que mis 45 vulcanitos de fresa han desaparecido del cajón de la cocina por arte de birlibirloque, en compañía de todos mis paquetes de chaskys facundo, mis galletas oreo, mis paquetes familiares de gominolas con forma de animalitos, y mis 12 barritas de chocolate blanco milkybar. A cambio, me ha dejado sobre el servicio del desayuno un plátano.

No tengo vulcanitos, gominolas, chaskys ni milkybares. Pero tengo un puto plátano.

Ya sabía yo que más tarde o más temprano, este blog acabaría dándome un disgusto.