Un poco de aquí, otro poco de allá…

Tengo que irme al Leroy Merlin así que dispongo de dos nanosegundos para escribir este post. A ver si puedo dar novedades en plan telegrama. No es propio de mí dejar pasar días tan llenos de cosas sin escribir ni una palabra sobre ellos.

Ya terminé el curso de Illustrator CS5 (alabado sea Jehová). Nos dieron a todos un diplomita paria de esos con chorrerita alrededor. Uno de los chicos dijo que iba a enmarcarlo y a colgarlo de la pared de su salón y yo solté una de mis risas de comadreja esquizofrénica. El chico me miró con auténtico y absoluto odio, y entonces me di cuenta (tarde) de que no lo estaba diciendo en broma. Me hubiera gustado pedirle disculpas, pero cuando suelo intentarlo la cago aún más, así que dejé que se fuera pensando que yo era un capullo diplomado en Illustrator. Qué le vamos a hacer. Lo cierto es que eso de enseñarle al mundo que has estudiado algo colgando diplomitas en la pared, siempre me ha parecido de lo más penoso que puede hacer una persona. Me da igual que sea un master en biogenética o un título de capador de caracoles. Es igual de patético en ambos casos. Triste ego aquel que tiene que apuntalarse con chuminadas de ese tipo.

Ya hemos puesto la mitad de la red antigatos en la terraza. Cuando sólo habíamos montado una tercera parte, Peyote ha intentado saltar, ha rebotado en la red y se ha estampado contra el suelo. Carlos lo ha cogido en brazos y le ha hecho un curitasana. Yo no. Yo me he alegrado y casi he estado a punto de bajar de la escalera para darle una patadita en el culo de postre. Me tiene harto. Harto de que sea tan malo y tan cabronazo, a pesar de la vidorra fácil y cómoda que le he facilitado. Cuando estábamos terminando de montar el último trozo de la primera mitad (ojo al dato) ha vuelto a saltar por otro lado, ha vuelto a rebotar y ha vuelto a estamparse. La verdad es que no solo es un cabronazo; es un cabronazo inasequible al desaliento. A veces pienso que el veterinario se equivocó y que en lugar de cortarle los huevos, le hizo un trasplante.

Ayer Carlos y yo tuvimos nuestro primer mosqueo. Fue culpa mía (aunque como digno dueño de Peyote, en ningún momento lo reconocí) pero aún así, yo seguía mosqueado por la noche cuando a él ya se le había pasado después de los primeros diez minutos y estaba dispuesto a claudicar. Me doy cuenta de que Carlos es mucho mejor persona que yo. Espero que el hecho de convivir con él me sirva para aprender y para mejorar un poco todos los 345.689 defectos que arrastro.

Me largo. Luego sigo. Falta dejar testimonio de mi enriquecedora experiencia con Carlos’s Mom.