Volver a jugar

Estábamos terminando de comer. Entonces yo he dicho que sentía mucho como me había comportado ayer y él ha agitado la mano con gesto de “da igual”. Yo he dicho “no, en serio. Me siento culpable, así que en justa prenda, dejaré en lo que quede de día, que me toques las pelotas todo lo que quieras. No protestaré”. Él se ha quedado un rato mirándome y luego ha dicho “¿Todo lo que quiera?” y yo he respondido tajante “Todo lo que quieras, de verdad. “

Entonces, muy serio y muy despacio, ha cogido el spray de nata, me lo ha puesto delante de la nariz y ha apretado el dispensador. Así… directamente. Pelo, ojos, orejas, boca, camiseta, agujeros de la nariz… Postre de Ariel con nata en dos nanosegundos.

Primero me he quedado pasmado durante un buen rato. Goteando nata por la barbilla y sin saber reaccionar. Luego, mientras él aguantaba la risa masticando fresas, he ido tranquilamente al lavabo, me he quitado la nata de los ojos, me he acercado a la nevera, he cogido el otro spray, he vuelto al salón, le he apartado el cuello de la camiseta por la espalda y fssssssh… Postre de Carlos relleno de nata en dos nanosegundos.

Entonces ha estallado la guerra. Nata en las narices. Nata en las paredes. Nata en los gatos. Nata en los cuadros. Nata en el sofá. Nata en los pantalones. Nata en los calcetines. Nata en todas partes.

Es indescriptible la que hemos armado en el salón. No me reía tanto desde la navidad de 2007. No… en realidad… puede que jamás me haya reído tanto.

A eso de las seis ha llamado su hermano por teléfono. Él ha dicho “aquí estamos, haciendo tonterías con un spray de nata”. Su hermano ha contestado “eh, eh, tio… no me cuentes tus guarrerías, coño…”

Y hemos vuelto a descojonarnos. Otra vez.

La verdad es que ahora vivir mola mucho más que antes.