No me debe una. Me debe cinco.

Bueno… decía que su madre es doctora y pasa consulta en un hospital de Madrid. Y que fui la semana pasada, para que me ayudara con lo del asma. Esperaba una madre al uso. O como debería ser el prototipo de madre con siete hijos. No sé… redondita… afable… con medallita de la vírgen del Carmen y dolida con su hijo gay… pero no me encontré nada de eso. Me encontré a una mujer jodidamente segura, a la que le bastó una miradita por encima de las gafas para lanzarme un mensaje inequívoco “como saques los pies del tiesto, te los corto, chaval”.

Me auscultó, me recetó un broncodilatador, me trató con cordialidad y educación y me preguntó “¿cuándo me invitáis a comer en vuestra casa?” Pregunta a traición. Carlos dijo “mamaaaa…” y yo dije “no, no… o sea… cuando quieras…”. Ella dió una palmada en la mesa y le dijo a Carlos “¿ves? Ariel me invita, no como tú…” y Carlos le contestó “Ariel te invita porque todavía no te conoce y no sabe que eres una jodida portera que sólo quiere ir a certificar que uso condones.”

Y Ariel se encendió como un gusiluz y se le pusieron los huevos por corbata. Plim-plam. Por ese orden. Mientras ella se encogía de hombros y me preguntaba “¿pero qué hay de malo en usar condones? ¿verdad? ¿a que es lo más natural del mundo, si te pueden salvar la vida?” y yo, hundido cada vez más en el asiento, respondía “pues… sssssí… sí, claro…”

Acabamos de terminar de recoger la cocina. Hemos tenido una casa con paella tres gatos, cinco hermanos, una madre y un padrastro. Y sí, es cierto. En cuanto ha podido ha ido a certificar que no usábamos condones. Y a quejarse de ello delante de los cinco hermanos, los tres gatos y el padrastro, con la naturalidad de quien se queja del asfaltado de la autopista. Y Carlos con mucha parsimonia  le ha dicho a su hermano pequeño “dile a mamá que se meta en tus polvos y deje en paz los nuestros, anda” y el hermano pequeño ha dicho “oye mamá, que te metas en mis polvos y dejes en paz los del Carlos y el Ariel” y yo he vuelto de nuevo al modo gusiluz. Plim-plam. Y la señora doctora ha sacado del bolso toda una ristra de preservativos morados y me los ha puesto en las manos diciendo “toma, cógelos, creo que son de moras o algo así. Díselo tú, que a ti te hará caso”. Y ahí me he quedado yo. Como un campeón de puticlub. Con la cervecita en una mano y los condones de sabores en la otra. Hasta que Carlos ha soltado una de sus risas mestástocandoloshuevos y ha dicho “mamá estás a un tris de que te eche antes del postre” y ella ha vuelto a encogerse de hombros y a mirarme A MÍ, para decir “¿y ahora por qué se pone así? ¡si son de los que se chupan!”

Que sí. Que ya me lo decía el instinto que era mucho, mucho mejor haberme quedado con el asma y punto pelota.