Volcanes y realidades

El mes que viene vamos a ir a Sicilia a ver el Etna y a comprobar cuánto queda en pie de mi casa de Cefalú. No sé si estoy nervioso o asustado. Quizá las dos cosas. Por ahora prefiero no pensarlo. Me concentraré en el volcán. El volcán. Voy a subir a un volcán. Qué fuerte… Espero no caerme dentro, al fin y al cabo, se trata de mí y a mí siempre me pasan ese tipo de cosas. Aparco en vertical, se me escuernan los gatos, me erupcionan los volcanes… vaya, lo habitual.

Ayer vimos la última película de Harry Potter en blueray. Recuerdo que en el cine la tuve que ver solo porque andaba en plan perro abandonado y no me quedaba otra. También recuerdo que me deprimí mucho por no poder compartir la experiencia con nadie. Así que cuando se sentó anoche a mi lado en el sofá pensé «jo, qué bien, qué bonito… tenerle aquí conmigo viendo esta película…»

Me duró poco la cursilería. No sé, quizá quince o veinte minutos. Lo justo hasta descubrir que no se puede ver la séptima película de Harry Potter con alguien que no haya visto las otras seis anteriores y que encima se pase la saga Rowling por el forro de los nibelungos. Por muy majo que sea, por mucho que le quieras, y por muy sexy que tenga el ombligo.

«¿Pero Harry Potter no era un niño? «¿y el Fiennes por qué no tiene nariz?» «¿y qué están buscando exactamente?» «¿un horroqué? ¿eso no es rollito cristiano?» «¿una pelota con alas? no me jodas… ¿para que sirve? ¿para el tenis volador?» «¿una espada mágica? ¿como la del rey arturo?» «¿y lo de los hermanos a qué ha venido?» «¡coño, un bambi fantasma!» «¿pero para qué quiere el Fiennes la varita?» «¿por que no se pone nariz si es mago?» «Hostia, mira ese de la barba… ¡está incorrupto como Santa Teresa!»

Lástima de petrificus totalus. Lástima de cruciatus. Lástima de abraquedabra. Nunca. NUNCA hay una maldición cuando verdaderamente la necesitas.