Llueve muuuucho

Se me ha roto el pantalón de mi pijama de asteroides. He intentado coserlo, pero ya no tiene vuelta de hoja. Es tirarlo o ir por la casa enseñando el culo. Eso me pasa porque soy cantidad de fiel a las cosas que me gustan. Suelo usarlas hasta que se desintegran, y no las relevo hasta que estoy bien seguro de que no podrán ir más allá.

Lo más gracioso del tema es que aplico la misma filosofía a las parejas sentimentales. Así tengo ese currículum amatorio tan cortito, claro…

Llevo ya dos semanas sin comer nada divertido. O puntualizando un poco… llevo ya dos semanas sin comer nada divertido que vendan en las tiendas.

Lo cierto es que ya no tengo nada a mi alcance. Ni gominolas, ni galletas con grasas saturadas, ni chocolates, ni petazetas, ni caramelos ácidos… Solo fruta, cosas integrales, pipas de calabaza y un tipo pesado montando guardia en la puerta de la nevera cada vez que me levanto de la silla. Y lo peor de todo es que es verdad que me siento mejor. No he vuelto a tener ardor de estómago, ni bajones de glucosa, ni llagas en la boca, ni ninguna de las cosas extrañas que me pasaban antes. Pero no se lo digo, claro. Sólo me faltaba que encima se creciera con lo de la dieta sana. De aquí a alimentarme a base de alfalfa le faltaría el pelo de un calvo.

Mañana por la mañana subimos de nuevo a las cabañas de la sierra, para empezar a entrenarnos en senderismo, con vistas a la subida al volcán. Y aunque él lo dice así «vamos a entrenarnos», en realidad lo que quiere decir es que va a entrenarme a mí, porque él puede trepar 20 km a la pata coja con una mochila llena de piedras, y yo tengo la fuerza motora y el empuje de un mono chichico.

Le he preguntado si no podría atarme una cuerda a la cintura e ir tirando de mí, como en los dibujos animados, pero no ha llegado a contestarme porque la risa le ha dejado sin respiración durante varios minutos.

No veo a qué viene tanto aspaviento. A mí me parece una idea cojonuda.