Hemos salido esta mañana a triscar, tal y como habíamos previsto. Carlos, dos amigo suyos, su hermano Samuel y yo. Había mucha niebla, y al poco de empezar a trepar, nos hemos ido separando en dos grupos diferenciados. En cabeza iba Carlos, detrás sus amigos Ernest y Oke (los amigos de Carlos son como una colección de Cabbage Patch Kids; hay un alemán, un australiano, un esquimal, un congoleño…), y luego a bastantes metros de distancia cerrábamos yo y su hermano Samuel. En algún momento, hemos perdido a la cabeza del grupo de vista y lo último que he oído ha sido la voz de Carlos salir de la niebla preguntando “¿Samu, llevas a Ariel? ¿cierras tú?” y a Samu desde mi espalda, contestar “¡Sí, cierro yo, sigue!”

Luego, como media hora después, nos hemos perdido. Y no sé. No sé si ha sido por mi culpa… o por culpa de Samuel… o por culpa de los cabbage patch kids… o por culpa de quién. Sólo se que nos hemos desviado un poco porque queríamos asomarnos a la pendiente y que cuando hemos querido volver aquello era como caminar sobre la nada y no veíamos por dónde. Por no ver, no nos veíamos ni a nosotros mismos.

Hemos dado vueltas durante mucho tiempo, y al final hemos encontrado de nuevo los hitos que marcaban la senda. Y yo no me he asustado realmente hasta que al pasar el pico, nos hemos reencontrado con la cabeza de grupo que bajaba en nuestra búsqueda, y he visto la cara de Carlos. Ahí he entendido que algún tipo de peligro sí que habíamos corrido. Primero porque le ha pegado una bronca a su hermano que se ha debido de oir hasta más allá de la costa del Pacífico (haciéndome agradecer la falta de nieve y, por consiguiente, de aludes), y segundo porque tanto él como los dos Cabbage Patch Kids tenían la piel de un evidenciador color gris pánico.

Escribo esto aprovechando el wifi desde la casa de Oke, que nos ha alojado a todos para poder pasar esta noche sin tener que bajar al pueblo, y así reanudar la marcha mañana. Carlos está muy enfadado conmigo. Tanto que habla de suspender el entrenamiento hasta la semana que viene. Me gustaría poder colgarme un rato de su cuello y decirle que siento mucho haberle asustado, pero el instinto me dice que será mejor que por esta noche deje circular el aire entre nosotros. Y no sé que más puedo escribir, salvo que no me gusta nada defraudar a la gente.

Llueve mucho. Desde donde estoy sentado, oigo las contraventanas de madera golpear contra el muro por el viento.

Quizá lo que en realidad no me gusta nada es defraudarle a él.