Harley del 66

Tiene una Harley. Tiene una Harley Davidson Fat Boy Special negra y no me lo había dicho. Llevo dos meses viviendo en esta casa, durmiendo contra su espalda. Dos meses en los que he averiguado que tiene alergia al kiwi, que odia los chalets adosados, que su película favorita es Tiburón, que le partió la nariz a un skin cuando tenía quince años por llamarle maricón, que tiene fobia a las gallinas, que le gusta el atletismo y la bicicleta, que no le convence el esquí, que lo más bonito que ha hecho en su vida ha sido navegar en velero de noche, que su color favorito es el blanco, que le flipan los relojes, que ha quedado subcampeón en competiciones de rallies, que tiene debilidad por los ojos azules y que lo que más desearía en el mundo es ser padre.

Toda esa retahíla de chimpunes me los cuenta ¡¡¡Y SIN EMBARGO NO ME DICE QUE TIENE UNA HARLEY!!! ¿cómo se puede entender eso? ¿cómo? y nisiquiera me lo ha soltado entre redobles de tambores y suspiros de expectación, no… nooooo… se le ha escapado. Así, como quien no quiere la cosa. «Tengo que ir a Vitoria un sábados de estos para traerme la moto». Así lo ha dicho; «La moto». Como el que hablara de una vespino moscardera.

Tengo que conseguir que me deje probarla. Como sea. Aunque tenga que sacarme mis dos ojos azules y llevárselos en una bandeja blanca, rodeados de relojes, subido en un coche de rally y tarareando la música de Tiburón.

Bueno sí… mejor será que busque algo más convincente…