Empiezo a entender que no quisiera hablarme de la Harley

Carlos no me deja probar la moto. Dice que los cojones del obispo. Que como mucho de paquete y sólo si me estoy quieto, callado y sujeto. Yo le digo que ir de paquete en una Harley es para moñas y Vanes, que si no voy delante es como si no montara en Harley. Él responde que si voy delante es para que él conduzca desde detrás. Yo le digo eso está muy bien cuando tienes ocho años y te lleva papá en la moto a dar una vuelta por la urba, pero que para mi edad queda zángano. Él me dice que la Harley es muy pesada y que no voy a poder manejarla porque soy muy pequeño. Yo le digo que soy más fuerte de lo que parezco. Él me dice que vale, que lo de que no voy a poder manejarla porque soy pequeño lo ha dicho para no ofenderme, porque la cruda realidad es que me ha visto conducir la vespa y si me tengo que dar contra un kiosco de periódicos, prefiere que no sea con su Fat Boy Special. Yo le digo que soy pobre, que estoy solito en el mundo y que esta puede ser mi única posibilidad de tener en las manos una Harley Davidson. Él me dice que no me preocupe, que ya me comprará una miniatura de las de micromachine para que duerma con ella.

Maldito…

Lo más paradójico de todo es que a Carlos no le entusiasma lo de tener una Harley. Dice que para él no es más que una crisis rabiosa con ruedas, porque se la compró cuando supo que su expareja llevaba un año corneándole. Francamente, no se de qué se queja. Que yo recuerde, cuando a mí me dejó la mía, a lo máximo que llegué es a comprarme tres palitos de regaliz rojo en el puesto de las chuches.

Tengo hasta el sábado para buscarme una razón convincente que me permita conducir esa moto, pero por ahora por más que pienso no se me ocurre ninguna. Es la falta de glucosa en el cerebro. Ya sabía yo que lo de dejar los vulcanitos martínez a la larga iba a ser contraproducente…