Y a lo mejor hasta me quedo sin volcán

Unos seis meses llevaba yo con dolores en el pie izquierdo. Pero claro. Cuando has pasado por un cáncer de hueso, los dolorcillos menores te parecen un pedo de mosca, así que así andaba. Aguantándome y perreando por no ir al médico, hasta que vino el superman de la Harley y se me acabó el chollo. Dos días ha tardado en llevarme de la oreja al podólogo. Y yo, que sigo haciendo méritos por lo que pueda pasar a final con la supermoto pues bueno… pues hala… pues al podólogo.

Y el podólogo dice que en el pie izquierdo tengo una cosa que se llama neuroma de Morton. Una de esas cosas del pie divertidas que te explican en dos minutos y descifras en dos meses. Y que de subir volcanes nada de nada, hasta que no tengamos radiografía, ecografía y diagnóstico. Porque si no me lo solucionan con una plantilla y con filtraciones de corticoides (y mira que suena chungo lo de las filtraciones en un pie) a lo mejor tienen que operármelo. Ole. Arsa. Venga. Alegría.

La culpa la tienen al alimón mi rodilla chunga y Carlos. La primera por obligarme a caminar malamente durante un buen puñado de meses de mi vida y el segundo por obligarme a ir al podólogo. Porque si me hubiera dejado en paz con mi daño y mi pie, Morton y yo hubiéramos seguido con nuestro neuroma tan pichis, y yo hubiera podido subir a mi volcán tan contento y tan cojo como el resto de los neuromianos mortenses del mundo mundial.

Coñoya…