Yo no quería una pareja deportista

Me hubiera bastado uno de esos gorditos felices que se agotan al quitar el precinto de las pringles. Que si, que ya se que no son sanos, ni viven mucho, ni son buena influencia para unas arterias colesterólicas como las mías, pero coño… esto de tener un tio que tooooooodas las noches después de nosecuantas horas de jornada laboral, cuando más agusto te encuentras disfrutando del combi mandotele + huecoculoensofá, se te calza las mallas y sale a dar trotecitos cochineros alrededor de una pista de tartán, con una pesa en cada mano… no sé… como que crea un sentimiento de culpa y vaguería que no puede ser bueno para el alma.

Si al menos simplemente llegara y se fuera, y me dejara disfrutar tranquilamente de mi abesugamiento vespertino, pues vale. Pero no. No lo hace. Dedica cerca de diez minutos a hacer calentamientos y dar saltitos a mi alrededor preguntando «¿te vienes a correr? ¿te vienes a nadar? ¿te vienes a hacer pesas? ¿te vienes a hacer abdominales? ¿te vienes a echar unas regatas de traineras a San Sebastián?»

Vale, lo de las regatas aún no lo ha dicho. Pero lo dirá. En cuanto se le acaben los deportes urbanitas madrileños, lo dirá.

Le he dicho a Miguel que como soy el padrino de su boda, voy a encargarme de organizar su despedida de soltero. Ha palidecido un poco. Creo que tiene miedo de que los acabe llevando a todos una piscina de bolas. Ni le culpo, ni me sorprende. Veinte años de camisetas absurdas han conseguido labrarme a pulso una merecida fama de descerebrado vocacional.