Aviones y ombligos

Carlos lleva tres días de viaje por motivos de trabajo. Yo llevo tres días de nipallá-nipacá por motivos de Carlos. Tres días en plan “bueno, pues si hay que vivir… pues se vive…”

Me sueno extraño. Yo debería tener un callo cojonudo para lo de estar solo. Al fin y al cabo he pasado así el 80% de mi vida (y el otro 20% mal acompañado). Pero me encuentro con que le echo en falta y me cuesta dormirme con la mitad de la cama vacía. Chungo. Eso significa que me he debido de ir enamorando por el camino, entre el ombligo sexy y la voz ronca de canalla hollywoodiense. Mala cosa. Conociendo mi proverbial buena suerte en amoríos, ahora es cuando él debería bajar del avión y explicarme que lo que de verdad le mola son los autobuseros peludos con biceps de los que se ven. Y yo quedarme otra vez triste, solo, abandonado y sin saber aparcar (que no tiene nada que ver con lo dicho anteriormente, pero que también me tiene el corazón en un puño).

Franco ha echado flores. Franco es mi planta. La que tengo encima de la mesa, en el trabajo. Me la regaló un compañero en uno de esos cumpleaños en los que llevé vino y jamón y terminamos todos con un pedete lúcido. Tan lúcido que en realidad nadie recuerda qué planta era exactamente y de dónde la sacaron. El caso es que hoy ha echado dos flores. Es una gran noticia porque Franco lleva cerca de dos años muriéndose y yo cerca de dos años luchando porque no se muera (de ahí el nombre que decidí ponerle, claro…). Y hoy me sorprende floreciendo de nuevo entre sus manojos de lechuga terminal. Alegría, alegría y Pan de Madagascar.

Espero que sea un buen presagio y que Carlos no baje esta noche del avión hablando de biceps de autobuseros. No sé si tengo ya la autoestima como para remontar más fracasos sentimentales.

Bueno, sí… lo sé. No tenía que haberme enamorado. Lo sé, lo sé, lo sé…

Lo recordaré la próxima vez que me pasee por su ombligo.