Que me voy a ver a Woody Allen

Hoy me han hecho radiografías y ecografías del pie chungo. Para hacerme las primeras, he tenido que subirme a una especie de escalerilla de tres peldaños y mantenerme encima a la pata coja y en tenguerengue durante los cinco segundos de la exposición. Por no abrazarme a la máquina (que abrazarse a una cosa radioactiva siempre da mal rollito) casi me hostio en caída libre. Le he preguntado a la chica si nunca se les había matado ninguna ancianita ahí arriba y me ha dicho que tenían otro podium un poco más ancho, para las personas con peor equilibrio.

No sé dónde ha visto esta buena mujer que yo podía tener buen equilibrio. Entre los pelos de surfero y las camisetas de skater, tengo a medio Madrid engañado.

En general ha sido un día muy accidentado porque también se me ha olvidado sacar la cabeza cuando cerraba el coche, y me he hecho un chichón en la sien con el pico de la puerta. Aunque lo tengo escondido debajo de las greñas surferas, parece talmente que me estuviera naciendo un cuerno lateral en diagonal izquierda. Siempre pienso que no puedo ser más tonto, hasta que nace un nuevo día y vuelvo a superarme. Mi pobre autoestima a estas alturas debería tener ya entrenamiento de marine.

Un compañero me ha regalado un bonsai de ginkgo. Me ha dicho que es el único árbol que puede sobrevivir a una hecatombe nuclear (no sé si era una indirecta o qué). He decidido llamarle Chuck Norris (al árbol, no al compañero). Jota siempre decía que el nombre hace al dueño y empiezo a pensar que puede ser cierto, porque a Franco no hay un rayo que la parta, y Peyote está más zumbado que las maracas de Machín. Y yo… pues bueno, Ariel significa “León de Dios”, así que conmigo la teoría se va al carajo. León de Dios. Mira tú. León de Dios y me pillo la cabeza con la puerta del coche.

Vamos…chihuahua de San Pancracio y voy que chuto.