Bueeeeeno…

Confiamos en que mañana le den el alta. Ya le han hecho de todo y todo lo da bien. El internista ha dicho (literalmente) que tiene un organismo de toro de lidia. Quedan sólo los resultados de la angioecografía y los análisis tiroideos que tardarán unos días. Mientras, él sigue igual de pichi. Se come los asquerosos purés y las repugnantes tortillas sin sal, como si fueran el más exquisito manjar y no se queja de nada. Tampoco de que le hayan tenido 9 horas sin comer para llenarle las venas de mierda radioactiva de contraste. Yo escribí una vez que en el mundo había dos tipos de personas; los que robaban energía y los que la transmitían. Carlos es claramente de los segundos. Arrimarse a él siempre es estar mejor.

Se ha pasado las dos últimas horas insistiéndome en que me fuera a casa a dormir. Yo no quiero, porque con la casa vacía le echo en falta, pero para no parecer un mariquita ñoño, le he dicho que me quedo para comprobar si la cosa radioactiva esa que le han puesto le hace brillar en la oscuridad (espero que no, porque llevo todo el día con dolor de cabeza y no estoy muy seguro de que me venga bien para dormir un gusiluz de 1.90).

El podólogo me ha dicho que me tengo que operar el pie y me ha mandado al traumatólogo cirujano. Y el traumatólogo cirujano me ha dicho un montón de cosas terribles como que tengo el arco demasiado pronunciado, el nosequé deformado y bursitis y sobrecargas en los nosedóndes. En dos minutos me ha dejado la autoestima plantar para el arrastre. Creo que ya no tendré humor para llevar una flic-floc en mi vida. Será un milagro si el lunes no voy a trabajar con botas de esquimal.

Tengo muchas ganas de salir de aquí. Pero tengo más de salir con él. No paro de pensar en Teo y en la puta habitación 505.