Pena, penita, pena…

Tengo un disgusto muy gordo porque acabo de hacerle un bollo al alerón del coche.

Estaba sentenciado. Desde que me senté la primera vez en el almera de la autoescuela ya dejé claro al universo que yo era carne de columna de parking y pivote de acera. El íncubo de los aparcamientos en batería. La peste bubónica de las calles de dirección única. Da igual dónde tenga que meter el coche. Aunque haya sitio para un transatlántico, no soy capaz de encajar ni un pédalo de playa. De alguna forma lo llevo en mi carga genética: el pelo rubio, los ojos claros… y la inutilidad para proyectar espacios. Por eso iba en mierdibici y mierdimoto. Porque una mierdibici/mierdimoto no necesita maniobras. La tiras a un lado de la acera en plan caclanga-planga y punto pelota.

No se lo que le habré hecho al otro coche. Mientras intentaba desencajarme de allí he recibido todos los pitos de España y parte del extranjero, así que cuando me he visto fuera, he salido cagando leches para quitarme de enmedio y poder dar la vuelta. Sin embargo, cuando he terminado de darla completa, con sus cinco semáforos en rojo, el otro coche ya no estaba. Supongo que a estas alturas hay un dueño de ford scort plateado circulando por ahí y cagándose paralelamente en mis muertos. Mal rollo. Eso no ayuda demasiado a tener un buen kharma.

Necesito una plaza de aparcamiento. Una donde las columnas y yo seamos íntimos y no pequemos de malentendidos. Una de esas que no podría pagar ni aunque me dedicara a alquilar el hígado por horas (aunque precisamente ese no sería buen negocio, desde aquel aciago día en que descubrí el campari con soda…)

Qué disgusto, coño. Necesito autocastigarme. Voy a ver si todavía guardo en el ipod la canción de Espinete.